viernes, diciembre 28, 2007

Se hizo mierda...

Verán, a mí la primera vez que me cruzó la cara un “cura” fue por culpa de mi creatividad artística en pura fase escatológica, cuando la palabra mierda (nada de “caca” ni ñoñerías por el estilo, sólo mierda) era algo así como una consigna revolucionaria de un contenido poético inigualable. A los seis o siete años, creo (no recuerdo con precisión), en lugar de meter goles, cambiar cromos o correr por el patio del colegio, en los “recreos” (carajo de eufemismo), a veces inventaba o adaptaba canciones conocidas para que contuvieran la palabra mierda. Y las entonaba: “Valencia, como mierda con paciencia y ya verás que buena está...” Las tuve mejores, que duda cabe; pero fue ésta la premiada con el bofetón del director, del Hermano Vicente Ugarte (cerdo, hijo de puta, cabrón). Imagino que también a este tipo gris y dañino debió resultarle revolucionario el uso de la mierda contra las canciones populares, pues, como digo, me quebró el entusiasmo infantil con un tortazo de adulto.
Recuerdo el frío de ese día de finales de noviembre o principios de diciembre del año 1979 ó 1980, qué sé yo.
Tras este incidente, el miedo fundado a la represión violenta eliminó en mí la falsa creencia de que uno podía expresar su propia naturaleza y su deseo sin cortapisas. Si bien antes o después (así es la vida según el tópico) tenía que encontrame con el revés de la realidad misma, tuvo el gusto de anticipármelo el Hermano Vicente Ugarte. Y gracias a eso hoy me acuerdo de él y, en mi ignorancia, le he deseado lo peor.
Sin ser plenamente consciente de mi estrategia defensiva, por aquel entonces y hasta bien entradito en la adolescencia, con su nueva fase de rebeldía intrínseca, puse en práctica el arma de la resistencia pasiva como forma de protesta. Ostracismo, reclusión, me cerré al mundo como una almeja. No hubo más mierda para el público insensible. Fueron años agridulces, años de evasión y descontento, de poesías melancólicas y dibujos oníricos a los márgenes de los libros de matemáticas, religión o ciencias naturales. Años de mierda.
Como política general de ese centro religioso “educativo”, al niño sin voluntad para el estudio se le consideraba inferior e indigno del estímulo y la atención de sus profesores. En una palabra, tonto. Porque, de acuerdo con una interpretación simplísima de la psicología infantil que se estilaba entre el profesorado y la dirección del centro, al niño inteligente le agradaba y le atraía el estudio metódico de las ciencias, la resolución de los problemas de la dichosa locomotora y sus vagones que iban a no sé dónde con no sé cuántos viajeros que subían y/o bajaban, y la cartilla de notas repleta de notables, sobresalientes o “progresa adecuadamente”, según la época. Para esos hombres religiosos de mierda, la ecuación era bien simple, y su resultado la resignación a tener en sus clases a un niño inadaptado que sólo despertaba de su ensimismamiento ante la propuesta de hacer redacciones o aprenderse de memoria, y en tiempo récord, la Canción del Pirata o el Soneto de repente.
Desde el unificador punto de vista académico fui un niño, si no tonto, al menos sí insuficiente. Suspendí todo aquello que pudiera ser calificable. Esto no me libró de la violencia profesor-alumno, porque, si bien desahuciado como estudiante, algunas veces pensaron que una buena torta, un tirón de patillas (especialidad del profesor D. Jesús María Vicente, aún en activo), un capón con sello de oro (especialidad de “El puche”, de paradero desconocido), un golpe en la cabeza con una flauta dulce (que para mí fue más bien amarga por culpa de “El chino”, otro profesor sin localizar), un impacto directo en la cara con el manojo de llaves (también de “El puche”), etc., etc., podían hacerme despertar un residuo de voluntad de integración y aprendizaje. Por supuesto, de nada sirvió que los test psicológicos tan de moda entonces mostraran en mí un deseo vehemente de ser admitido socialmente y una capacidad destacable para analizar la realidad de mi entorno social y familiar. Era curiosa la paradoja de realizar cada año un test psicológico para no hacer nada con los resultados de los niños “difíciles”.
Pero toda esta historia triste tuvo su final aceptable. Como anticipé una cuantas líneas más arriba, la rebeldía del adolescente me sacó de allá a la fuerza. Así, el último año de Enseñanza General Básica lo hice en un colegio laico, y acabé BUP y COU con una media notable. Curioso que resulta eso de la motivación, me licencié en Ciencias Políticas por puro placer de estudiar y saber, y hoy la literatura, el estudio del ser, de la política, la sociología, la antropología, etc. forman parte del goce en mi vida. Por otro lado, fui capaz de sobreponerme a mi cerrazón con todo aquello que no fueran letras puras y me gano ahora el sustento con proyectos informáticos orientados a los recursos humanos (muy a mi pesar).
Desde aquel lejano uso infantil de la palabra mierda que tanto mal me hizo, no había vuelto a acordarme de ella como recurso poético y revolucionario, hasta hace tan sólo unos días, al ver el nombre de ese colegio de mi infancia en los diarios. El derrumbe parcial del edificio, sin víctimas, el día de Navidad, me ha abierto la cajita de la memoria en la que tenía guardado tanto rencor. La verdad, me hubiera gustado conocer peor suerte para el Hermano Vicente, esperaba que hubiera muerto allí aplastado o algo así; pero, después de buscar su paradero en Internet descubro que murió por la gula hace justo un año “Tenía sobrepeso y problemas con el corazón y la circulación sanguínea, particularmente en las piernas. Hizo muchos esfuerzos por intentar dominar sus hábitos pero no lo consiguió”, dice de él el Hermano Guillermo Maylín en una semblanza publicada tras su muerte. En dicha semblanza, otro antiguo alumno con distinta suerte en sus andanzas de escolar opina de él:
“Supongo que somos muchos los antiguos alumnos a los que siempre nos transmitió su cariño y nos hizo sentir lo especiales que éramos para él. Pues bien, yo soy uno de ellos, y me emociono al recordar cómo he disfrutado cada vez que nos hemos cruzado en el pasillo en los años posteriores a abandonar el colegio. Siempre se ha interesado por mí, y hemos charlado un poco, sintiendo que realmente se alegraba de verme, de encontrarme en el colegio. Mi infancia no sería lo mismo sin el “dire”, así le llamábamos; él me enseñó a respetar la autoridad, la de verdad, la autoridad moral; a admirarle, y a aprender que en la admiración a mis mayores estaba el camino para mi crecimiento. Me enseñó que el cariño se transmite con el esfuerzo en cada detalle, me enseñó a caminar sin descanso hasta dar la última gota que hay dentro de mí. Si algo entiendo de esta cultura de la entrega y del esfuerzo, tan corazonista, fue por mi director de EGB, fue por mi profesor de Matemáticas, por este maestro que años después me seguía recibiendo con cariño, en su casa, desde el corazón”.
Bueno, no me importa que el Hermano Vicente Ugarte no muriera aplastado por el derrumbe. Siempre me alegrará saber que, al menos, parte del colegio se hizo mierda, pura mierda...

jueves, diciembre 27, 2007

Carta abierta de Danielle Mitterrand a los dirigentes europeos‏


Danielle Mitterrand / La Jornada, 23 de diciembre de 2007


Carta abierta a los dirigentes europeos


Tal como Europa lo ha aprendido y cruelmente pagado, la democracia necesita ser vivida sin cesar, reinventada, defendida tanto en el interior de nuestros países democráticos como en el resto del mundo. Ninguna democracia es una isla. Las democracias se deben asistencia mutua. Hoy hago, por eso, un llamado a nuestros dirigentes y a nuestros grandes órganos de prensa: sí, lo afirmo, la joven democracia boliviana corre un peligro mortal. En 2005, un presidente y su gobierno son ampliamente elegidos por más de 60 por ciento de los electores, a pesar de que una gran parte de sus electores potenciales, indígenas, no están inscritos en las listas electorales, puesto que ni siquiera poseen estado civil. Las grandes orientaciones políticas de este gobierno fueron masivamente aprobadas por referéndum antes incluso de esta elección, y, en especial, la nacionalización de las riquezas naturales en vistas de una mejor redistribución, así como la convocatoria a una Asamblea Constituyente. ¿Por qué es indispensable una nueva Consitución? Por la razón muy simple de que la antigua data de 1967, cuando, en América Latina, las poblaciones indígenas (representaban en Bolivia 75 por ciento de la población) se hallaban totalmente excluidas de cualquier ciudadanía. Los trabajos de la Asamblea Constituyente boliviana han sido, desde sus orígenes, constantemente trabados por las maniobras y el boicot de las antiguas oligarquías, las cuales no soportan perder sus privilegios económicos y políticos. La oposición minoritaria extrema el cinismo hasta disfrazar su rechazo a la sanción de las urnas bajo la máscara de la defensa de la democracia. Reacciona con el boicot, las agresiones en la calle, la intimidación de los responsables electos, en la estricta continuidad de las matanzas perpetradas a civiles desarmados por el ex presidente Sánchez de Lozada en 2003, quien, por otro lado, sigue perseguido por sus crímenes y refugiado en Estados Unidos. En favor de un caos cuidadosamente instrumentado, renacen las amenazas separatistas de las regiones más ricas, que rechazan el juego democrático y no quieren “pagar por las regiones más pobres”. Grupos activistas neofascistas y bandas paramilitares, subvencionadas por la gran burguesía boliviana y ciertos intereses extranjeros, instalan un clima de miedo en las comunidades indígenas. Recordemos en qué terminaron Colombia y Guatemala, recordemos sobre todo la democracia chilena, asesinada el 11 de septiembre de 1973 después de un proceso idéntico de desestabilización. Se puede matar una democracia también por medio de la desinformación. No, Evo Morales no es un dictador. No, no es la cabeza de un cártel de traficantes de cocaína. Estas imágenes caricaturescas se hacen circular en nuestros países sin la menor objetividad, como si la intrusión de un presidente indígena y la potencia creciente de ciudadanos electores indígenas fuesen insoportables, no sólo a las oligarquías latinoamericanas sino también a la prensa bienpensante occidental. Como para desmentir aún más la mentira organizada, Evo Morales hace un llamado al diálogo, rehúsa hacer uso del ejército y pone incluso su mandato en la balanza. Solemnemente llamo a los defensores de la democracia, a nuestros dirigentes, a nuestros intelectuales, a nuestros medios de comunicación. ¿Vamos a esperar que Evo Morales conozca la suerte de Salvador Allende para llorar sobre la suerte de la democracia boliviana? La democracia tiene valor para todos o para nadie. Si la amamos en nuestra patria, debemos defenderla por todos los lugares donde esté amenazada. No nos toca, como algunos lo pretenden con arrogancia, ir a instalarla en otras naciones mediante la fuerza de las armas; en cambio, nos toca protegerla en nuestro país con toda la fuerza de nuestra convicción y estar al lado de aquéllos que la han instalado en su nación.


Danielle Mitterrand.

Tomado de La Jornada, México, 23 de diciembre, 2007.



miércoles, diciembre 19, 2007

Lo digo y lo repito

La redundancia no es un defecto, todo lo contrario; pero siempre y cuando aquello que se repita sea, por demás, lo importante. Para mí repetirme resulta esencial, a qué negarlo, para diferenciar en lo que digo aquello que es básico de lo casual y quizá prescindible. Por eso vuelvo de cuando en cuando (ya se ha visto aquí) a hacer alusión a Beltor Brecht (gracias, amigo Luis, por descubrírmelo hace algún tiempo) y su famosa cita:

“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”.

Pocas cosas merecen ser repetidas tantas veces como todo aquello que alcanza el grado de genialidad, en cuanto que ideas cercanas a esa "Verdad" del ser que perseguimos los seres humanos.
Ayer, al condecorar al poeta uruguayo Mario Benedetti con la orden Francisco de Miranda, y al elogiar el carácter de luchadores de “toda la vida” de Oscar Niemeyer y Fidel Castro, Hugo Chávez echó mano también de esta sabiduría brechtiana de “los imprescindibles”. Chávez dijo en Montevideo, por ejemplo: “Benedetti es uno de los indispensables. Nosotros sigamos su ejemplo, luchemos toda la vida"; y añadió que "hace dos días le mandé una carta a otro de esos indispensables que cumplió 100 años, Oscar Niemeyer”; y que hoy, miércoles, estaría "almorzando con otro de estos indispensables", refiriéndose, por supuesto, a Fidel Castro.
La Orden de Francisco de Miranda, en su Primera Clase (la más alta distinción que otorga Venezuela a un extranjero) se la impuso Chávez a Benedetti en una ceremonia que se celebró en el Paraninfo de la capitalina Universidad de la República.

¡Qué grande, Benedetti! ¡Qué lástima que un genio así, además de imprescindible, sea irrepetible!

martes, diciembre 18, 2007

Acerca de la ficción


Uno a veces pasa demasiado tiempo leyendo o escuchando teorías sesudas acerca de la literatura, del arte de narrar, del papel de la ficción, cuando es mucho más sencillo tener a mano las palabras de un genio como Proust y, en lugar de sólo comprender lo que dice, sentir lo que es la ficción:


"...aquellas tardes estaban más henchidas de sucesos dramáticos que muchas vidas. Eran los sucesos ocurridos en el libro que leía, aunque los personajes a quienes afectaban no eran «reales», como decía Francisca. Pero ningún sentimiento de los que nos causan la alegría o la desgracia de un personaje real llega a nosotros, si no es por intermedio de una imagen de esa alegría o desgracia; la ingeniosidad del primer novelista estribó en comprender que, como en el conjunto de nuestras emociones la imagen es el único elemento esencial, una simplificación que consistiera en suprimir pura y simplemente los personajes reales, significaría una decisiva perfección. Un ser real, por profundamente que simpaticemos con él, lo percibimos en gran parte por medio de nuestros sentidos, es decir, sigue opaco para nosotros y ofrece un peso muerto que nuestra sensibilidad no es capaz de levantar. Si le sucede una desgracia, no podremos sentirla más que en una parte mínima de la noción total que de sí tenga. La idea feliz del novelista es sustituir esas partes impenetrables para el alma por una cantidad equivalente de partes inmateriales, es decir, asimilables para nuestro espíritu. Desde ese momento poco nos importa que se nos aparezcan como verdaderos los actos y emociones de esos seres de nuevo género, porque ya las hemos hecho nuestras, en nosotros se producen, y ellas sojuzgan, mientras vamos volviendo febrilmente las páginas del libro, la rapidez de nuestra respiración y la intensidad de nuestras miradas. Y una vez que el novelista nos ha puesto en ese estado, en el cual, como en todos los estados puramente interiores, toda emoción se decuplica, y en el que su libro vendrá a inquietarnos como nos inquieta un sueño, pero un sueño más claro que los que tenemos dormidos, y que nos durará más en el recuerdo, entonces desencadena en nuestro seno, por una hora, todas las dichas y desventuras posibles, de esas que en la vida tardaríamos muchos años en conocer unas cuantas, y las más intensas de las cuales se nos escaparían, porque la lentitud con que se producen nos impide percibirlas (así cambia nuestro corazón en la vida, y este es el más amargo de los dolores; pero un dolor que sólo sentimos en la lectura e imaginativamente; porque en la realidad se nos va mutando el corazón lo mismo que se producen ciertos fenómenos de la naturaleza, es decir, con tal lentitud, que aunque podamos darnos cuenta de cada uno de sus distintos estados sucesivos, en cambio se nos escapa la sensación misma de la mudanza)."


(Marcel Proust. En busca del tiempo perdido. 1. Por el camino de Swan)

lunes, diciembre 10, 2007

Resumen de 2007 (a lo “Monterroso”)


1 de enero de 2008. 11:27 A.M:


Cuando se despertó de la borrachera, el capitalismo todavía estaba allí...



viernes, diciembre 07, 2007

Linterna Mágica. Retrospectiva Ingmar Bergman

Pido disculpas por esta breve ausencia; pero un asunto personal ha requerido toda mi atención en las últimas semanas. Ya está todo en orden, por suerte. El caos vuelve a ser manejable.

En otro orden de cosas, quiero recomendar algo:
A estas alturas del año, en la época de los almanaques ya caducos, las agendas “culturales” llenitas de papánoeles y demás demostraciones de sacrosantismo comercial, cuando uno llega a creer que es mejor resignarse a ver desde lejos el espectáculo de esta enfermedad colectiva y dejar quizá que pase la cuarentena antes de formar parte de nada, me sorprendo al encontrar un ciclo que, a decir verdad, estaba esperando que apareciera desde hace unos meses. Se trata de un ciclo sobre Ingmar Bergman en el Círculo de Bellas Artes.
Los detalles se pueden encontrar en la página del CBA.
Creo que es una buena forma de desintoxicarse de lo que queda de año.

viernes, noviembre 16, 2007

Felicidades, Saramago


No quiero dejar pasar la ocasión de felicitar a este gran hombre en su 85 cumpleaños, un escritor cuyo compromiso le hace aún más noble y respetado cada día.

De un simple vistazo a la humanidad se puede ver que el mundo, para nuestra desgracia, tiene muy pocos "Saramagos", demasiado pocos.

lunes, noviembre 12, 2007

¿Por qué no nos callas tú...?

jueves, noviembre 08, 2007

¿Gente pobre?

Hoy me permito colocar un texto publicado en otros medios, para dar lugar a la reflexión sobre una de las cuestiones clave en la realidad de Cuba ¿Dónde está su pobreza?




La BBC busca la pobreza en Cuba
"No nos consideramos gente pobre"





Fernando Ravsberg
BBC

En Cuba una gran parte de la población sufre limitaciones económicas y escasez de muchos de los productos de la canasta básica, a causa de salarios tan bajos que no llegan a fin de mes.

El propio Raúl Castro reconoció el pasado 26 de julio que el salario, entre US$10 y US$20 al mes, es insuficiente para cubrir las necesidades básicas de la población
Sin embargo, es verdaderamente difícil encontrar casos de extrema pobreza. Rara vez he visto vagabundos y nunca me topé con niños de la calle, como los que abundan en otros países latinoamericanos.
Lea también la introducción: "Pobres, ¿los mismos de ayer?"
La salud pública, la educación, la seguridad social, la luz eléctrica y el agua potable son servicios que están al alcance de cualquier ciudadano cubano, incluso los más desfavorecidos económicamente.
Por esa razón, la pobreza en el país debe ser medida por otros parámetros, según nos explica el economista Omar Everleny, del Centro de Estudios de la Economía Cubana, de la Universidad de La Habana.

"El parámetro fundamental es el nivel de ingreso, cuánto gana, esa es la pregunta, no a qué tienes acceso. En América Latina el pobre no tiene acceso a nada, en el caso de Cuba hay un sistema de seguridad social de alcance nacional", nos explica.

Red de seguridad
El secreto cubano es una red de seguridad social con el mismo concepto de algunos países europeos, en el sentido de que incluye a todos los ciudadanos independientemente de si han aportado o no al Estado.
Esta red cuenta con asistentes sociales a lo largo de todo el país que determinan qué familias necesitan ayuda estatal y cuenta además con instituciones para la protección de los desamparados.
Pudimos comprobar que algunos núcleos considerados de bajos recursos reciben dinero, electrodomésticos o ropa, mientras que a muchos minusválidos sin familia se les asigna una persona para atenderlos en sus casas.
Los que en otros países serían "los niños de la calle", aquellos sin amparo , viven en centros especiales donde reciben comida, ropa, atención médica y educación hasta la mayoría de edad, e incluso más allá si están estudiando en la universidad.

Efectos de la crisis
Durante la crisis de los años 90 se crearon comedores para los jubilados en los que pueden almorzar y cenar por el equivalente a U$3 al mes. Con la medida se aseguró la alimentación básica a uno de los sectores más vulnerables de la población.
Ángela Ferriol, Directora del Instituto de Investigaciones Económicas de Cuba nos explicó que todo esto es posible porque "a la asistencia y seguridad social, se dedica casi el 22% de los gastos corrientes del Estado".
Para conocer la opinión de los pobres del país visitamos El Fanguito, un barrio marginal compuesto por viviendas hechas de pedazos de madera, latas y cartones, lo más parecido a una favela brasileña o una villa miseria argentina.
Ramona Casel, vecina del Fanguito dijo a la BBC que "aquí se come, se almuerza, se desayuna. Yo no puedo decir que tengo pobreza. Dentro de todas las posibilidades que hay yo no vivo millonaria pero vivo aceptable".
Otro de los vecinos, Eloy Mc Felson nos explicó que pobre es "aquel que no tiene el pan de cada día, el que no tiene un trabajo, el que no tiene asegurado un futuro. Nosotros en este barrio no nos consideramos gente pobre".
Aseguró que él tiene un trabajo, derecho a jubilación y agregó que la pobreza "no solo se determina por el lugar donde vives sino por las condiciones de la sociedad que te rodean".

"Éxito relativo"
Habitacionalmente se trata de un barrio marginal pero lo que le hace diferente es el trabajo del médico de familia que atiende a la comunidad y la asistencia a la escuela de todos los niños sin excepción.
Algunos sectores de la disidencia aceptan que el gobierno cubano ha obtenido logros en el terreno de la lucha contra la extrema pobreza. El economista y opositor Oscar Espinosa Chepe lo confirmó a la BBC.
"Yo considero que ha habido un éxito relativo si lo comparamos con otros países de América Latina al evitar la mendicidad pero esto se ha logrado hasta 1989 con una gran participación de la subvención extranjera", dijo Espinosa Chepe.
Sin embargo, a pesar de que la ayuda soviética cesó en 1990 y el país se empobreció significativamente, el sistema de seguridad social fue capaz de adaptarse para continuar evitando la extrema pobreza.

lunes, noviembre 05, 2007

¿Quién es Carver?

En agosto de 1998, un artículo del New York Times firmado por D.T. Max removió la basura en el mundillo literario. Max afirmaba que el editor de Raymond Carver, Gordon Lish, no sólo había contribuido al estilo lacónico y helador del escritor, como éste mismo había reconocido públicamente, sino que había metido la mano hasta el codo en sus relatos, rescribiendo párrafos, eliminando palabras, modificando finales, etc. El artículo del New York Times estaba bien documentado. Los manuscritos de Carver, incluidas las correcciones de Lish, estaban en la Lilly Library de Bloomington, Indiana.

Hoy la viuda de Carver, la poetisa Tess Gallagher, reabre la polémica en torno al supuesto verdadero estilo del escritor, la prosa auténticamente carveriana, podríamos decir. Próximamente Gallagher sacará a la luz una colección, en versión “original”, con algunos de los relatos que más fama y reconocimiento dieron a quien ha sido considerado el padre del realismo sucio y uno de los narradores estadounidenses más influyentes en su género.

jueves, octubre 25, 2007

Una isla en el zapato

A George W. la autoestima y la popularidad se le andan sedimentando por alguna parte, debe ser. Tras la cacería infructuosa del hombre de Riad –también conocido como Usāma bin Muhammad bin `Awad bin Lādin-, la invasión del territorio más enemigo en ese momento, el goce orgásmico de matar algunos malos, intoxicar la política internacional, impedir la desaceleración del ritmo al que se muere este planeta, ver colgado al demonio familiar –conocido éste como Saddām Husayn Abd al-Maŷīd al-Takrītī -, y un gran número de etcéteras demenciales, ha debido sentir que aún camina como molesto. Un caminar molesto para un europeo, por ejemplo, es bastante llevadero; pero para George W...
Seamos serios, esa no es manera de sentir el orgullo de ser la cabeza del Imperio. Ser cabeza de Imperio de verdad – a lo George W.-, de testa elevada y mirada bovina, implica un caminar sereno, amortiguado, insensible a aquello que los propios pies pisan. Pero George W., pobre, a pesar de sus intentos por disimular la punzada en al andar, pisa “caca de toro” –traducción libre-, y sin saber aún por qué pero se reconoce a sí mismo que aquello no es todo lo placentero que él espera. El diagnóstico: una isla en el zapato. De modo que ahí están todos en la casita de chocolate blanco buscando remedios caseros –léanse los periódicos- contra este mal de George W. Y es que estas islas de cinco puntas no atienden a razones, o eso parece.

miércoles, octubre 17, 2007

Nada tiene que ver con el Che Guevara

Desde un estado febril, de zozobra griposa, y acurrucado entre mantas, he asistido como lector a una de las polémicas surgidas en torno al aniversario de la muerte de Ernesto Guevara, El Che. Para quien no haya estado al tanto de ésta en particular, decir que todo comienza con El País, concretamente con su nota editorial del día 10 de octubre. Este periódico, que un día fue referente del progresismo en estos lares –para unos más que para otros, eso sí, pero referente al fin y al cabo-, hoy se ha convertido ya descaradamente en una herramienta más al servicio de los intereses mercantilistas de PRISA. Claro que sobre este empeño actual de El País por amurar su proa a estribor, que es de donde sopla el viento, algunos pueden argumentar que es normal, que la información es hoy un producto más, que así de duro es este mar en el que hay que abrirse paso, etc., etc. Sólo que hay quienes pensamos que la responsabilidad en la información es algo más que eso, que merece un punto y aparte.
Pero volvamos al tema central.
Ese pasado día 10, El País arremetió contra la figura del Che. Y lo hizo sin ningún pudor, con un despliegue de lugares comunes, con la arrogancia de quien o desconoce los personajes, las ideas y la historia misma, o lo manipula todo a su antojo; con la estupidez de alguien que se envilece al esgrimir argumentos propios de chascarrillo de bodega. Vergonzoso, en definitiva, muy poco serio, nada propio de un diario que se presuponga de cierto nivel “ético-informativo”, si me dan por válido el palabro. ¿Se pueden imaginar a que me refiero? A cosas como afirmar la pertenencia del Che a una “saga de héroes trágicos, presente aún en los movimientos terroristas de diverso cuño, desde los nacionalistas a los yihadistas, que pretende disimular la condición del asesino bajo la del mártir”, o que “Sus proyectos y sus consignas no han dejado más que un reguero de fracaso y de muerte”. Como es lógico, muchas voces se han levantado para denunciar estos infundios, la manipulación de una información entremezclada de una forma del todo incorrecta, las asociaciones inexistentes y, en general, una falta de rigor forzada al extremo, con el fin de transmitir la intención de este periódico de navegar a barlovento.
No es intocable el Che, ni mucho menos. No es el personaje comercial que aparece, a lo Jim Morrison, en camisetas y gorras. No es el más lúcido pensador del siglo XX, ni tampoco el asesino adicto a la pólvora. Muchas facetas suyas son cuestionables, todo en torno a él se puede –debe- analizar desde distintos enfoques, todo. Lo que no parece resultar aceptable es el insulto a la inteligencia del lector con cuentos de hadas y fábulas admonitorias sobre el hombre del saco, que vuelve una y otra vez a asustar a los niños buenos. Y no han sido voces precisamente “guevaristas” las que han querido ser escuchas a raíz de esa nota editorial de El País, sino las de tantos otros –los más- quienes, independientemente de su opinión acerca de la figura de este guerrillero, no han querido consentir que se hagan malabares torticeros con la historia para aniquilar la diversidad del pensamiento; pues en definitiva, todo este juego retórico de El País poco o nada tiene que ver con el Che Guevara.

martes, octubre 09, 2007

En memoria...


martes, octubre 02, 2007

Las palabras...


Hace unos cuantos meses –demasiados- que acarreo una espinita en mi corazón. Y hoy, con el texto que incluyo más abajo (conferencia de Julio Cortazar en Madrid, en 1981) creo haber encontrado la forma de quitarme esa espinita sin apenas añadir nada por mi parte. En un momento de extraña lucidez , allá por el mes de abril, decidí, casi de un día para otro, abandonar mi forma de lucha, cambiar de táctica. Renunciar al eslogan tantas veces repetido que ya no se escuchaba, a las palabras desprestigiadas, a lo previsible, a los discursos que, lanzados como pelotas de tenis, tenían (tienen) un revés esperándoles al otro lado de la red; palabras, dijo Cortazar, como libertad, justicia, democracia, han sido prostituidas por aquellos a quienes no interesaba el valor de su significado. Estas palabras han quedado como mero significante arrojadizo. De tal modo que mi discurso abiertamente crítico contra este modelo político-económico occidental era mera lluvia cayendo sobre las azoteas impermeabilizadas por muchos años de desidia. Y no podía ser suficiente con evitar ciertas palabras, algún eslogan, sino que había que buscar formas de hacerse escuchar que no encontraran de antemano la resistencia a lo demonizado. Ese es el camino que me he marcado como ruta, simplemente porque creo que es donde más impacto positivo puedo tener.
Por supuesto, este cambio despertó ciertas reticencias entre quienes estaban acostumbrados a mi antiguo estilo, tan agresivo como estéril. Desde entonces he sufrido algunas críticas -no muchas, sutiles- que, lejos de hacerme retroceder, me han dado la fuerza para seguir adelante, porque creo que es para bien, sólo que de esta forma es más difícil para mí. Hoy me quito, entonces, un poco del peso que llevaba encima. Hoy siento que, gracias a este regalo de Cortazar, tengo una oportunidad para comenzar a explicarme.


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LAS PALABRAS...(Julio Cortazar, 1981)

"Si algo sabemos los escritores es que las palabras pueden llegar a cansarse y a enfermarse, como se cansan y se enferman los hombres o los caballos. Hay palabras que a fuerza de ser repetidas, y muchas veces mal empleadas, terminan por agotarse, por perder poco a poco su vitalidad. En vez de brotar de las bocas o de la escritura como lo que fueron alguna vez, flechas de la comunicación, pájaros del pensamiento y de la sensibilidad, las vemos o las oímos caer corno piedras opacas, empezamos a no recibir de lleno su mensaje, o a percibir solamente una faceta de su contenido, a sentirlas corno monedas gastadas, a perderlas cada vez más como signos vivos y a servirnos de ellas como pañuelos de bolsillo, como zapatos usados. [...] sabemos que hay palabras-clave, palabras-cumbre que condensan nuestras ideas, nuestras esperanzas y nuestras decisiones, y que deberían brillar como estrellas mentales cada vez que se las pronuncia. Sabemos muy bien cuales son esas palabras en las que se centran tantas obligaciones y tantos deseos: libertad, dignidad, derechos humanos, pueblo, justicia social, democracia, entre muchas otras. [...] aquí las estamos diciendo porque debemos decirlas, porque ellas aglutinan una inmensa carga positiva sin la cual nuestra vida tal como la entendemos no tendría el menor sentido, ni como individuos ni como pueblos. Aquí están otra vez esas palabras, las estamos diciendo, las estamos escuchando Pero en algunos de nosotros, acaso porque tenemos un contacto más obligado con el idioma que es nuestra herramienta estética de trabajo, se abre paso un sentimiento de inquietud, un temor que sería más fácil callar en el entusiasmo y la fe del momento, pero que no debe ser callado cuando se lo siente con fuerza y con la angustia con que a mí me ocurre sentirlo. Una vez más [...] surgen entre nosotros palabras cuya necesaria repetición es prueba de su importancia; pero a la vez se diría que esa reiteración las está como limando, desgastando, apagando. Digo: "libertad" digo: "democracia", y de pronto siento que he dicho esas palabras sin haberme planteado una vez más su sentido más hondo, su mensaje más agudo, y siento también que muchos de los que las escuchan las están recibiendo a su vez como algo que amenaza convertirse en un estereotipo, en un clisé sobre el cual todo el mundo está de acuerdo porque ésa es la naturaleza misma del clisé y del estereotipo: anteponer un lugar común a una vivencia, una convención a una reflexión [...] ¿Con qué derecho digo aquí estas cosas? Con el simple derecho de alguien que ve en el habla el punto más alto que haya escalado el hombre buscando saciar su sed de conocimiento y de comunicación, es decir, de avanzar positivamente en la historia como ente social, y de ahondar como individuo en el contacto con sus semejantes. Sin la palabra no habría historia y tampoco habría amor; seriamos, como el resto de los animales, mera sexualidad. El habla nos une como parejas, como sociedades, como pueblos. Hablamos porque somos, pero somos porque hablamos. Y es entonces que en las encrucijadas críticas, en los enfrentamientos de la luz contra la tiniebla, de la razón contra la brutalidad, de la democracia contra el fascismo, el habla asume un valor supremo del que no siempre nos damos plena cuenta. Ese valor, que debería ser nuestra fuerza diurna frente a las acometidas de la fuerza nocturna, ese valor que nos mostraría con una máxima claridad el camino frente a los laberintos y las trampas que nos tiende el enemigo, ese valor del habla lo manejamos a veces como quien pone en marcha su automóvil o sube la escalera de su casa, mecánicamente, casi sin pensar, dándolo por sentado y por valido, descontando que la libertad es la libertad y la justicia es la justicia, así tal cual y sin más, como el cigarrillo que ofrecemos o que nos ofrecen. [...] yo siento que no siempre hacemos el esfuerzo necesario para definirnos inequívocamente en el plano de la comunicación verbal, para sentirnos seguros de las bases profundas de nuestras convicciones y de nuestras conductas sociales y políticas. Y eso puede llevarnos en muchos casos sin conocer a fondo el terreno donde se libra la batalla y donde debemos ganarla. Seguimos dejando que esas palabras que transmiten nuestras consignas, nuestras opciones y nuestras conductas, se desgasten y se fatiguen a fuerza de repetirse dentro de moldes avejentados, de retóricas que inflaman la pasión y la buena voluntad pero que no incitan a la reflexión creadora, al avance en profundidad de la inteligencia, a las tomas de posición que signifiquen un verdadero paso adelante en la búsqueda de nuestro futuro. Todo esto sería acaso menos grave si frente a nosotros no estuvieran aquellos que, tanto en el plano del idioma como en el de los hechos, intentan todo lo posible para imponernos una concepción de vida, del estado, de la sociedad y del individuo basado en el desprecio elitista, en la discriminación por razones raciales y económicas, en la conquista de un poder omnímodo por todos los medios a su alcance, desde la destrucción física de pueblos enteros hasta el sojuzgamiento de aquellos grupos humanos que ellos destinan a la explotación económica y a la alienación individual.

Si algo distingue al fascismo y al imperialismo como técnicas de infiltración es precisamente su empleo tendencioso del lenguaje, su manejo de servirse de los mismo conceptos que estamos utilizando aquí [...] para alterar y viciar su sentido más profundo y proponerlos como consignas de su ideología. Palabras como patria, libertad y civilización saltan como conejos en todos sus discursos, en todos sus artículos periodísticos. Pero para ellos la patria es una plaza fuerte destinada por definición a menospreciar y a amenazar a cualquier otra patria que no esté dispuesta a marchar de su lado en el desfile de los pasos de ganso. Para ellos la libertad es su libertad, la de una minoría entronizada y todopoderosa, sostenida ciegamente por masas altamente masificadas. Para ellos la civilización es el estancamiento en un conformismo permanente, en una obediencia incondicional. Y es entonces que nuestra excesiva confianza en el valor positivo que para nosotros tienen esos términos puede colocarnos en desventaja frente a ese uso diabólico del lenguaje. Por la muy simple razón de que nuestros enemigos han mostrado sus capacidad de insinuar, de introducir paso a paso un vocabulario que se presta como ninguno al engaño, y si por nuestra parte no damos al habla su sentido más auténtico y verdadero, puede llegar el momento en que ya no se vea con la suficiente claridad la diferencia esencial entre nuestros valores políticos y sociales y los de aquellos que presentan sus doctrinas vestidas con prendas parecidas; puede llegar el día en que el uso reiterado de las mismas palabras por unos y por otros no deje ver ya la diferencia esencial de sentido que hay en términos tales como individuo, como justicia social, corno derechos humanos, según que sean dichos por nosotros o por cualquier demagogo del imperialismo o del fascismo. Hubo un tiempo, sin embargo, en que las cosas no fueron así. Basta mirar hacia atrás en la historia para asistir al nacimiento de esas palabras en su forma más pura, para asentir su temblor matinal en los labios de tantos visionarios, de tantos filósofos, de tantos poetas. Y eso, que era expresión de utopía o de ideal en sus bocas y en sus escritos, habría de llenarse de ardiente vida cuando una primera y fabulosa convulsión popular las volvió realidad en el estallido de la Revolución Francesa. Hablar de libertad, de igualdad y de fraternidad dejó entonces de ser una abstracción del deseo para entrar de lleno en la dialéctica cotidiana de la historia vivida. Y a pesar de las contrarrevoluciones, de las traiciones profundas que habrían de encarnarse en figuras como la de Napoleón Bonaparte y de las de tantos otros, esas palabras conservaron su sabor más humano, su mensaje más acuciante que despertó a otros pueblos, que acompañó el nacimiento de las democracias y la liberación de tantos países oprimidos a lo largo del siglo XIX y la primera mitad del nuestro. Esas palabras no estaban ni enfermas ni cansadas, a pesar de que poco a poco los intereses de una burguesía egoísta y despiadada empezaba a recuperarlas para sus propios fines, que eran y son el engaño, el lavado de cerebros ingenuos o ignorantes, el espejismo de las falsas democracias como lo estamos viendo en la mayoría de los países industrializados que continúan decididos a imponer su ley y sus métodos a la totalidad del planeta. Poco a poco esas palabras se viciaron, se enfermaron a fuerza de ser viciadas por las peores demagogias del lenguaje dominante. Y nosotros, que las amamos porque en ellas alienta nuestra verdad, nuestra esperanza y nuestra lucha, seguimos diciéndolas porque las necesitamos, porque son las que deben expresar y transmitir nuestros valores positivos, nuestras normas de vida y nuestras consignas de combate. Las decimos, si, y es necesario y hermoso que así sea; pero ¿hemos sido capaces de mirarlas de frente, de ahondar en su significado, de despojarlas de la adherencias, de falsedad, de distorsión y de superficialidad con que nos han llegado después de un itinerario histórico que muchas veces las ha entregado y las entrega a los peores usos de la propaganda y la mentira? Un ejemplo entre muchos puede mostrar la cínica deformación del lenguaje por parte de los opresores de los pueblos. A lo largo de la segunda guerra mundial, yo escuchaba desde mi país, la Argentina, las transmisiones radiales por ondas cortas de los aliados y de los nazis. Recuerdo, con asco que el tiempo no ha hecho más que multiplicar, que las noticias difundidas por la radio de Hitler comenzaban cada vez con esta frase: Aquí Alemania, defensora de la cultura». Si, ustedes me han oído bien, sobre todo ustedes los mas jóvenes para quienes esa época es ya apenas una página en el manual de historia. Cada noche la voz repetía la misma frase: .Alemania, defensora de la cultura». La repetía mientras millones de judíos eran exterminados en los campos de concentración, la repetía mientras los teóricos hitleristas proclamaban sus teorías sobre la primacía de los arios puros y su desprecio por todo el resto de la humanidad considerada como inferior.
La palabra cultura, que concentra en su infinito contenido la definición más alta del ser humano, era presentada como un valor que el hitlerismo pretendía defender con sus divisiones blindadas, quemando libros en inmensas piras, condenando las formas más audaces y hermosas del arte moderno, masificando el pensamiento y la sensibilidad de enormes multitudes.[...] Mi propio país, la Argentina, proporciona hoy otro ejemplo de esta colonización de la inteligencia por deformación de las palabras. En momentos en que diversas comisiones internacionales investigaban las denuncias sobre los::miles y miles de desaparecidos en el país, y daban a.. conocer informes aplastantes donde todas las formas de violación de derechos humanas aparecían probadas y documentadas; la junta militar organizó una propaganda basada en el siguiente slogan: «Los argentinos somos derechos y humanos». Así, esos dos términos indisolublemente ligados desde la Revolución Francesa y en nuestros días por la Declaración de las Naciones Unidas, fueron insidiosamente separados, y la noción de derecho pasó a tomar un sentido totalmente disociado de su significación ética, jurídica y política para convertirse en el elogio demagógico de una supuesta manera de ser de los argentinos. Véase como el mecanismo de ese sofisma se vale de las mismas palabras: como somos derechos y humanos, nadie puede pretender que hemos violado los derechos humanos. Y todo el mundo puede irse a la cama en paz [...] Y así podíamos seguir pasando revista al doble juego de escamoteos y de tergiversaciones verbales que. como se puede comprobar cien veces, golpea a las puertas de nuestro propio discurso político con las armas de la televisión, de la prensa y del cine, para ir generando una confusión mental progresiva, un desgaste de valores, una lenta enfermedad del habla, una fatiga contra la que no siempre luchamos como deberíamos hacerlo. ¿Pero en qué consiste ese deber? Detrás de cada palabra está presente el hombre como historia y como conciencia, y es en la naturaleza del hombre donde se hace necesario ahondar a la hora de asumir, de exponer y de defender nuestra concepción de la democracia y de la justicia social. Ese hombre que pronuncia tales palabras, ¿está bien seguro de que cuando habla de democracia abarca el conjunto de sus semejantes sin la menor restricción de tipo étnico, religioso o idiomático? Ese hombre que habla de libertad, ¿está seguro de que en su vida privada, en el terreno del matrimonio, de la sexualidad, de la paternidad o la maternidad, está dispuesto a vivir sin privilegios atávicos [...]? Ese hombre que habla de derechos humanos, ¿está seguro de que sus derechos no benefician cómodamente de una cierta situación social o económica frente a otros hombres que carecen de los medios o la educación necesarios para tener conciencia de ellos y hacerlos valer? Es tiempo de decirlo: las hermosas palabras de nuestra lucha ideológica y política no se enferman y se fatigan por sí mismas, sino por el mal uso que les dan nuestros enemigos y que en muchas circunstancias les damos nosotros. Una crítica profunda de nuestra naturaleza, de nuestra manera de pensar, de sentir y de vivir, es la única posibilidad que tenemos de devolverle al habla su sentido más alto, limpiar esas palabras que tanto usamos sin acaso vivirlas desde adentro, sin practicarlas auténticamente desde adentro, sin ser responsables de cada una de ellas desde lo más hondo de nuestro ser. Sólo así esos términos alcanzarán la fuerza que exigimos en ellos, sólo así serán nuestros y solamente nuestros. La tecnología le ha dado al hombre máquinas que lavan las ropas y la vajilla, que le devuelven el brillo y la pureza para su mejor uso. Es hora de pensar que cada uno de nosotros tiene una máquina mental de lavar, y que esa máquina es su inteligencia y su conciencia; con ella podemos y debemos lavar nuestro lenguaje político de tantas adherencias que lo debilitan. Sólo así lograremos que el futuro responda a nuestra esperanza y a nuestra acción, porque la historia es el hombre y se hace a su imagen y a su palabra."

viernes, septiembre 28, 2007

Del fuego en el hogar

No encuentro nada que nos falte.
Tenemos gasolinera propia, Lilit y yo, un hogar de lujo en mitad del desierto. Se alza sobre las grandes dunas y los primeros espejismos, con los surtidores en acero inoxidable, limpios y garantizados de por vida. Al fondo de la parcela, un Snack-bar en cartón piedra que imita con una acierto indiscutible el color y la forma de una calabaza de Halloween, en dos alturas. Desde el segundo nivel de la calabaza, donde compartimos las noches, por costumbre, en las horas con pereza de dormir me asomo y veo arder otras gasolineras no muy distintas a lo largo del desierto, aquí y allá, como fuegos fatuos.
¿Qué no tenemos? Me pregunto yo.
Más allá de la gasolinera somos padres de una chiva enana y del primer tomo de un curso actualizado de derecho civil. Constituimos un todo, entre los cuatro. Y cada cual tiene su carácter, a qué negarlo. Pero los domingos olvidamos cualquier diferencia, gasolinera y Snack-bar, por asistir en familia a clases de yoga.
-¿A ti te gusta el yoga? –me pregunta Lilit algunas veces.
-Claro.
-De lo contrario, me lo dirías ¿Verdad?
-Claro –contesto sin dudar, siempre, aunque en ocasiones pueda sentir reparos o acuse un miedo atroz a perderlo todo.
En la última puesta de sol con cielo púrpura e indicios de tormenta eléctrica, a finales del pasado octubre, tuvimos un sobresalto: mi hija se levantó sonámbula, delirante, y más allá de toda explicación razonable fue a embestir a un tipo de rostro ceniciento que sólo estaba allí por casualidad, para repostar. Con aquel señor aún buscando a gatas sus lentes en la arena, la pequeña orinó sobre su mapa y le mordió rabiosa el neumático de repuesto; y no hubo forma humana de impedirlo, hasta que hurgó en la guantera de la berlina y consiguió engullir un ramillete de encendedores de mecha, todos idénticos. Lo pasamos mal, su madre y yo. Por suerte el hombre no quiso denunciarla. Adoro a mi hija; pero, la verdad, me tranquiliza creer que su hermano cuidará de ella como es debido si Lilit y yo hemos de faltar, quién sabe. Él es un chico recto y sensato. Desde aquel incidente nunca olvido pagar en plazo nuestros seguros.
¿Qué más?
Tenemos una velada al año, la de Todos los Santos, en que ninguna otra gasolinera atrae a tanta gente. Algunas familias nos cuentan, sentados sobre la arena, que conducen durante horas esquivando incendios impredecibles, llamas cautivadoras como sirenas, con el fin de pasear un rato entre los surtidores de acero impolutos, especulares. Hay quienes toman fotografías de la calabaza antes de partir.
Es lo que tenemos.
Y está bien.
La vida es esto.
Esto y el placer de imaginar cuál será la noche en que, además, nos alcance el fuego.

¿Barrio de imprescindibles? "El señor Brecht"


Existe un barrio de ficción en donde Bertolt Brecht puede compartir espacios intempestivos con Paul Valéry o Henri Michaux. Sólo mencionar una idea semejante hace que se me disparen todo los mecanismos de una imaginación indómita, hasta unos pasos más allá de lo que deben ser los límites de lo absurdo, absurdo –doblemente- haciendo y deshaciendo situaciones inverosímiles. Así soy, para bien o para mal: primero me desmadro y luego arreglo la porcelana rota, si para entonces aún se puede. ¿Cabe imaginar un 'Barrio de los artistas' verosímil? Existe un hombre que parece capaz de hacerlo posible, el escritor lusitano Gonçalo M. Tavares. Lo cierto es que me muero de ganas por comprobarlo.
Tavares acaba de traernos al castellano “El señor Brecht” (Mondadori), un volumen nuevo –apadrinado por Enrique Vila-Matas- para esa colección de 'Barrio de los artistas', de la que no había oído hablar hasta ahora, quién sabe por qué. 'El señor Brecht' es un libro de relatos de "espíritu brechtiano", donde, según parece, se da un personaje narrador de algunas historias, marcadas por el absurdo, que preocuparon a Brecht en su tiempo. Por lo visto, el proyecto de Tavares es reunir una cuarentena de "homenajes ficcionales" a grandes nombres del arte y la literatura, no interesado en su lado biográfico, sino en lo que entiende como el espíritu de su obra. Anteriormente a “El señor Brecht” han sido traducidos de esta colección 'El señor Valéry', en honor a Paul Valéry, y 'El señor Henri', por Henri Michaux.

Habrá que leerlo...

miércoles, septiembre 26, 2007

Responsabilidad histórica.

No es sólo saber la verdad, que la conocíamos desde el principio y por ella nos manifestábamos y desesperábamos, casi llorando de amargura por las esquinas de la dignidad. Son los detalles. Conocer esos detalles, tenerlos en las manos sirve tanto para liberar la rabia, luchar con una determinación renovada, como para darse espacio para el duelo. Que hoy el diario El Pais, en una de sus ofrendas de cal o arena, haya publicado el contenido parcial del acta de la conversación que mantuvieron Bush y Aznar a cuatro semanas de la invasión irreparable de Irak, no nos descubre una nueva verdad, sino un pellizco casi morboso de la excrecencia ulcerosa que padecimos entonces y padecemos ahora. Es sólo un ejemplo, oportunista como no podría ser de otra manera; pero alimenta en lo que puede la llama de la memoria. Bush y Aznar, como dos personajes de ficción, antihéroes, dos caricaturas siniestras de la decrepitud y la decadencia. Así se dibujan ellos mismos, conversando, sin la manipulación de un narrador que dirija la atención hacia uno de los lados. Antagonistas de cualquiera de los valores democráticos que aún sean dignos de abanderar –que los hay, a pesar de todo-, manejan el poder y la estupidez criminal e irresponsable como quien juega a al Risk. Ellos han deseado que la historia reconozca su labor. Y sería un gran placer ver que se cumple este anhelo, ver que, a tenor de lo que hay de cierto sobre la mesa, de la verdad que conocemos, pudieran ser juzgados y condenados, junto a Blair, como los criminales que son. Pero el sistema represor nunca se da la vuelta, no hablemos ya de justicia...


Disculpen, pero tenía que desahogarme.

viernes, septiembre 14, 2007

Alter Economía

Cada vez soy más consciente del valor que tiene construir redes de comunicación lejos del alcance y control de los “mass media” y otros poderes ocultos –la falta de vergüenza, la tibieza de la sociedad en sus reacciones, hace que estos poderes estén cada vez menos ocultos, eso es cierto. Muchos actúan a la luz y sin complejos-.
El valor del boca a boca –blog a blog o correo a correo, podría decirse- de la confianza.
Encender el ordenador cada mañana y conectarme a esas páginas y blogs que tienen algo que decir, leer algún correo de quienes desayunan rigor, escepticismo crítico y compromiso ideológico a partes iguales; es algo que considero fundamental.
Partiendo de esta base, quiero pensar que, quizá, pueda colaborar modestamente como un eslabón pequeño de esta cadena. Al menos es un propósito, lo consiga o no. Por eso hoy traigo aquí cierta información que recibí ayer de un amigo, acerca del nacimiento de una nueva página Web: Alter Economía . Echad un vistazo. Veamos de lo que son capaces de pelear estos economistas. Para animaros a ello, os copio más abajo su definición editorial. En principio, una página muy necesaria.

AlterEconomía es un proyecto de un grupo de economistas que tratamos de pensar y divulgar los hechos económicos desde otro punto de vista, más crítico e interesado principalmente por las facetas de la actividad económica que más afectan al bienestar humano, que suelen ser las que tienen que ver con el dinero y las finanzas, con la distribución de la renta, con la comunicación... y, en general, con el poder y la política.AlterEconomía quiere aprovechar la influencia inmensa de internet para distribuir contenidos que normalmente no se difunden a través de los grandes medios de comunicación, precisamente, porque son los que mejor ayudan a entender la realidad económica, a descubrir cómo actúan los grandes poderes económicos y a desvelar lo que se pretende que quede oculto a la inmensa mayoría de los ciudadanos.Además, AlterEconomía pretende hacerlo de la manera más sencilla e intuitiva posible, tratando de divulgar más que de profundizar, porque no tiene pretensión académica, sino que es un portal más bien interesado en la concienciación y en la movilización social que fortalezca los proyectos progresistas transformadores.El portal tiene ideología y compromiso, asume valores, es un portal político: combate intelectualmente el neoliberalismo que empobrece y mata, se suma al esfuerzo de los miles de mujeres y hombres que luchan por hacer que este mundo sea más justo y entiende, como no puede ser de otra manera, que para ello hay que hacer política, es decir, actuar no sólo en el ámbito de lo personal sino en el de los intereses y acciones colectivas. No lo ocultamos.
Septiembre de 2007
Juan Torres López y Alberto Garzón Espinosa (coordinadores del Altereconomía)

martes, septiembre 11, 2007

¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!


“Bartleby había sido un empleado subalterno en la Oficina de Cartas Muertas de Washington, del que fue bruscamente despedido por un cambio en la administración. Cuando pienso en este rumor, apenas puedo expresar la emoción que me embargó. ¡Cartas muertas!, ¿no se parece a hombres muertos? Concebid un hombre por naturaleza y por desdicha propenso a una pálida desesperanza. ¿Qué ejercicio puede aumentar esa desesperanza como el de manejar continuamente esas cartas muertas y clasificarlas para las llamas? Pues a carradas las queman todos los años. A veces, el pálido funcionario saca de los dobleces del papel un anillo ‑el dedo que iba destinado tal vez ya se corrompe en la tumba‑; un billete de banco remitido en urgente caridad a quien ya no come, ni puede ya sentir hambre; perdón para quienes murieron desesperados; esperanza para los que murieron sin esperanza, buenas noticias para quienes murieron sofocados por insoportables calamidades. Con mensajes de vida, estas cartas se apresuran hacia la muerte.
¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!”

No será la última vez que hago apología de la lectura selectiva, no en este tablero de cambalaches y papiros en el que, como en el cuartito de la casa de los Buendía en el que, para el viejo José Arcadio, ya es siempre lunes. Lo hice unos lunes atrás, con las palabras del gran Miller: “se debe leer menos y menos, y no más y más”; y tomo prestado -este otro lunes-, sin variar mis intenciones, al gigante Borges, con ese matiz que lo hace todo increíblemente más relativo, si no contradictorio: “Yo he tratado más de releer que de leer, creo que releer es más importante que leer, salvo que para releer se necesita haber leído”.
Para alguien como yo, a quien Schopenhauer, Nieztsche, Kierkegaard o Sartre, por citar algunos, hacen llorar desconsoladamente hasta sentirme como una araña fumigada, la primera lectura de “Bartleby el escribiente” (Bartleby the Scrivener: A Story of Wall Street) del escritor estadiunidense Herman Melville fue un hallazgo de los de escalofrío y burbujas en la sangre. La cosa es que no hace mucho, dos años a lo sumo –en este espacio de tiempo he abierto los ojos ante algunas perlas literarias que tenía delante y, sin embargo, me pasaban desapercibidas-, que alguien me dijo algo así como “¡desaparece de mi vista hasta que no hayas leído Bartleby!”. Podría haber dicho “preferiría no hacerlo” ("I would prefer not to"); pero lo hice sin rechistar: desaparecí de su vista y leí Bartleby de inmediato.
Era lunes, de eso estoy seguro.
Es este un relato imprescindible. Bartleby no tiene fin, pues es de esos libros a los que se debe regresar; es una fuente de inspiración, una capilla literaria en la que recogerse de cuando en cuando, un lunes cualquiera.

jueves, septiembre 06, 2007

El cuaderno verde del Che


El próximo mes se cumplen cuarenta años de la muerte del Che (1928-1967). Indudablemente, nos quedamos huérfanos demasiado pronto. En estas cuatro décadas, no sólo su espíritu revolucionario nos ha inspirado a tantos, sino lo complejo de su personalidad, el hombre mismo, por su fuerza y determinación igual que por sus conflictos internos y sus contradicciones tan humanas.
El Che.
Sobre él se pueden leer muchos libros, algunas biografías, unas más rigurosas que otras; pero quien, a mi entender, mejor a sabido armonizar en un libro la esencia del hombre y la obra del revolucionario ha sido el escritor Paco Ignacio Taibo II, al escribir “Ernesto Guevara, también conocido como el Che”, Editorial Joaquín Mortiz, México, 1996.
Ayer, Paco Ignacio Taibo II presentó, en el DF, “El cuaderno verde del Che” (Seix Barral), la antología de poemas de autores iberoamericanos que el Che llevaba consigo, escritas de su puño y letra en un cuaderno de color verde, durante la campaña de Bolivia. No hay nada inédito. Se trata de una selección personal de 69 poemas de Neruda, César Vallejo, León Felipe y Guillén. El cuaderno original permaneció en poder de militares bolivianos hasta que fuera robado en 2002. El escritor tuvo acceso a una copia de este cuaderno, en el que pudo reconocer la letra del Che. Gracias a esta nueva publicación podremos, como dice Taibo, “complementar la imagen que se tiene del líder guerrillero”, formar un retrato "en espejo y en diagonal'' del Che. Sin lugar a dudas “es otra faceta de un personaje complejo".

miércoles, septiembre 05, 2007

Regresos


Estaba de vacaciones de todo, absorto muchas veces en la contemplación prolongada de la materia más inmediata, babeante, desactualizado por voluntad propia, descentrado, inmerso en varias lecturas a la vez, en mi mundo abstracto, casi feliz. Me asomaba a ratos, periodos estrictamente cortos, a curiosear en el agujero. Escarbando entre la basura, con la uña del dedo meñique, encontré restos de noticias: una sobre la muerte de Umbral, y me enojé porque era oscura e insignificante. No recuerdo haber encontrado otras cosas.
En el último amanecer el tiempo contrajo esclerosis.
Puedo decir que, llegado el momento, me he resistido a regresar cerca del núcleo. Poco más puedo decir. No quería hacerlo. No quiero. Si estoy sentado en la mesa de esta oficina es por pura necesidad ¿qué otra cosa? Ahora, otra vez más que nunca, deseo descentrarte. Necesito literatura.

jueves, agosto 16, 2007

Ausente por vacaciones

Esta casa permanecerá abierta, aunque desatendida, hasta el próximo 3 de septiembre.

Hasta entonces, me llevo vuestro afecto de vacaciones.

martes, agosto 14, 2007

Acoso a Chávez: insulto a la inteligencia y la dignidad del pueblo


El avance discutible de la cruzada maquiavélica antichavista del Grupo Prisa vuelve a dejar regueros de porquería entre las páginas de su diario estrella, El País. En él, Francisco Peregil nos insulta hoy a todos ¡A TODOS! en un artículo que titula “La Revolución televisada”. El grupo Prisa, en la línea de los medios neoliberales con pellejo de cordero, demuestra sin vergüenza alguna cómo nos considera mentalmente inmaduros, incapaces de reconocer la verdad, el trigo, a base de levantar montañas de paja falsa.
No es casualidad este título “La Revolución televisada”, pues salta a las tinieblas [des]informativas precisamente negando lo innegable, la evidencia de que la manipulación informativa es el arma más potente que tienen ellos mismos, los terroristas de cuello blanco, para dominar el globo. Quiénes han distorsionado la verdad, cuando no fabricado sólo mentiras en Venezuela para eliminar al gobierno más legitimado en las urnas del mundo (no lo olvidemos, tanto si nos gustan las maneras de Chávez como si no), acusan a sus víctimas de ser los verdugos. Una vergüenza. Frente a la conspiración antichavista manejada en los medios, la única manera de colocar un contrapeso de forma y fondo puramente democrático es la que utiliza el gobierno de Venezuela, la difusión de lo que las cadenas privadas niegan, tapan y hacen desaparecer de sus fábricas de [des]información.
Ayer mismo hablaba yo por aquí (me lo recordó una conversación entre amigos) del famoso ministro de propaganda de Hitler, Goebbels, y de la máxima: "Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad". No hay nada distinto en la estrategia antichavista. Kim Bartley y Donnacha O`Briain (cineastas irlandeses) lo mostraron al mundo tras el golpe de estado abortado de 2002, en una cinta extraordinaria titulada “La Revolución no será transmitida” y que (ooohhhh casualidad) visualicé el domingo por la noche para tenerla hoy bien fresca en mi mente. Estos cineastas tuvieron acceso al mismísimo palacio presidencial para presenciar el golpe.
Como pequeña muestra, nada anecdótica, del bombardeo anti-izquierda de los medios, en la tercera edición del telediario de TVE de ayer una noticia se hacía eco del 81 cumpleaños de Fidel Castro, destacando la ausencia pública del Comandante y ridiculizando sin pudor la figura del mismo, tal como nos tienen acostumbrados. Acto seguido se pasó a hablar de la guerra fría y de ciertos documentos hechos públicos en los que se hacía mención a una orden escrita de disparar contra niños y mujeres en la vigilancia del muro fronterizo entre el este y el oeste. En definitiva, dos mensajes transmitidos: Castro representante de un terrorífico pasado que se resiste estúpidamente a ser superado; y como resumen de la guerra fría: disparen contra niños y mujeres.
.
¿Cuántos sapos más nos tenemos que tragar?

viernes, agosto 10, 2007

Mi Papito Guerrea o El palurdo Criminal


Son sólo dos ejemplos de títulos que se me ocurren para el libro infantil que, según informa la agencia EFE, Laura Bush –primera dama de los EEUU- y su hijita Jenna están escribiendo juntas, y que saldrá a la luz en la primavera de 2008, si nadie consigue impedirlo. Ya me imagino que quizá puedan hasta ganar el Príncipe de Asturias...
El argumento: un niño muy travieso al que no le gusta leer termina leyendo con ayuda de su profesora, quien le enseña a disfrutar de los personajes divertidos de los libros. Se me ponen los pelos como escarpias por la tremenda filosofía que a esta gentuza se le escapa por los poros. Aún así, creo que el libro podría ganar un poco si se le condimenta con toques de realismo sucio, como, por ejemplo:
Al niño no le gusta leer porque prefiere imitar a su papá alcohólico y aspirar a la presidencia de un país muy grande y que hace muchos enemigos cada día.
En fin, que si estas buenas mujercitas quieren hacer algo bueno de verdad por la infancia, que asesinen a Papito*.
.
*Yo aconsejo la defenestración al estilo Bohemio.

martes, julio 31, 2007

Marcel Proust: El papel esencial y a la vez limitado de la lectura

Sobre la Lectura:

Quizá no hubo días en nuestra infancia más ple­namente vividos que aquellos que creímos dejar sin vivirlos, aquellos que pasamos con un libro fa­vorito. Todo lo que, al parecer, los llenaba para los demás, y que rechazábamos como si fuera un vulgar obstáculo ante un placer divino: el juego al que un amigo venía a invitarnos en el pasaje más intere­sante, la abeja o el rayo de sol molestos que nos for­zaban a levantar los ojos de la página o a cambiar de sitio, la merienda que nos habían obligado a lle­var y que dejábamos a nuestro lado sobre el banco, sin tocarla siquiera, mientras que, por encima de nuestra "cabeza, el sol iba perdiendo fuerza en el cielo azul, la cena a la que teníamos que llegar a tiempo y durante la cual no pensábamos más que en subir a terminar, sin perder un minuto, el capí­tulo interrumpido; todo esto, de lo que la lectura hubiera debido impedirnos percibir otra cosa que su importunidad, dejaba por el contrario en nosotros un recuerdo tan agradable (mucho más pre­cioso para nosotros, que aquello que leíamos en­tonces con tanta devoción), que, si llegáramos ahora a hojear aquellos libros de antaño, serían para nosotros como los únicos almanaques que hubiéramos conservado de un tiempo pasado, con la esperanza de ver reflejados en sus páginas lu­gares y estanques que han dejado de existir hace tiempo.”

Ya he tocado este tema en otra ocasión, cuando hablaba de los libros como experiencia vital y traía estas páginas un Extracto del prefacio de Henry Miller en “Los libros de mi vida”: ¿Cuál es el papel esencial y a la vez limitado que ha de jugar la lectura en nuestra vida? Es mucho más que probable que yo sea puntilloso y hasta repetitivo con este tema, pero no soy el único, ni mucho menos el primero. Así, cuando ha caído en mis manos “Sobre la Lectura”, de Marcel Proust, no he podido evitar establecer ciertas asociaciones con la interpretación que hice de las palabras de Miller, y regodearme ante el placer de entrar por un instante en comunión con las percepciones de un gigante de la literatura como Proust. No es vanidad, es la alegría de quien busca y encuentra a otros buscadores en plena acción, buscadores que ayudan a arañarle jirones de certidumbre a la oscuridad.
La lectura, de acuerdo con Proust, mucho más que un mero placer epicúreo es iniciadora, incitadora de nuestro propio pensamiento. El libro es muchísimo más que un “ídolo petrificado” en el que existe un “pensamiento todo entero”, una verdad completa. “nuestra sabidu­ría empieza –dice Proust- donde la del autor termina, y quisié­ramos que nos diera respuestas cuando todo lo que puede hacer por nosotros es excitar nuestros de­seos. Y esos deseos, él no puede despertárnoslos más que haciéndonos contemplar la suprema be­lleza que el último esfuerzo de su arte le ha per­mitido alcanzar. Pero por una singular ley, provi­dencial por añadidura, de la óptica de la mente (ley que significa tal vez que no podemos recibir la verdad de nadie y que debemos crearla nosotros mismos), aquello que es el término de su sabiduría no se nos presenta más que como el comienzo de la nuestra, de manera que cuando ya nos han dicho todo lo que podían decirnos surge en nosotros la sospecha de que todavía no nos han dicho na­da. Pues no es más que una consecuencia del amor que los poe­tas despiertan en nosotros por lo que concedemos una importancia literal o cosas que no son para ellos más que la expresión de emociones persona­les”.

Permitidme que copie aquí estos fragmentos inspiradores de Proust:

“(...) De la pura soledad la mente perezosa no podrá obtener nada, puesto que es incapaz por sí sola de poner en marcha su actividad creadora. Sin embargo, la conversación más elevada, los consejos más sabios tampoco le servirían de nada, ya que no pueden producir di­rectamente esta original actividad. Lo que hace fal­ta por tanto es una intervención que, proviniendo de otro, se produzca en cambio en nuestro interior; un estímulo desde luego de otra mente, pero reci­bido en perfecta soledad (...) Ya sea, por otra parte, que todas las mentes participen en mayor o menor grado de esta pereza, de este estancamiento en los más bajos ni­veles, ya sea que, sin serle necesaria, la exaltación que producen determinadas lecturas tenga una in­fluencia propicia sobre el trabajo personal, se sue­le citar a más de un escritor que tenía por costum­bre leer algunas bellas páginas antes de ponerse a escribir. Emerson lo hacía raramente sin haber an­tes releído algunas páginas de Platón. Y Dante no es el único poeta que Virgilio ha acompañado has­ta las puertas del paraíso”.
“(...)Mientras la lectura sea para nosotros la inicia­dora cuyas llaves mágicas nos abren en nuestro in­terior la puerta de estancias a las que no hubiéra­mos sabido llegar solos, su papel en nuestra vida es saludable. Se convierte en peligroso por el con­trario cuando, en lugar de despertarnos a la vida personal del espíritu, la lectura tiende a suplantar­la, cuando la verdad ya no se nos presenta como un ideal que no esté a nuestro alcance por el pro­greso íntimo de nuestro pensamiento y el esfuerzo de nuestra voluntad, sino como algo material, abandonado entre las hojas de los libros como un fruto madurado por otros y que no tenemos más que molestarnos en tomarlo de los estantes de las bibliotecas para saborearlo a continuación pasiva­mente, en una perfecta armonía de cuerpo y mente (...)Qué felicidad, qué des­canso para una mente fatigada de buscar la ver­dad en su interior, descubrir que se encuentra fuera de ella, entre las páginas de un infolio celosamente conservado en un convento de Holanda, y que si, para llegar hasta ella, hay que hacer un gran es­fuerzo, este esfuerzo sólo será material, y una dis­tracción llena de encanto para el pensamiento (...) La conquista de la verdad se concibe en estos casos como el éxito de una espe­cie de misión diplomática, donde no faltan ni los accidentes del viaje, ni los azares de la negociación.”
“(...)Este concepto de una verdad sorda a las llama­das de la reflexión y dócil al juego de las influencias, de una verdad que se obtiene con cartas de recomendación, que os la pone en las manos al­guien que la poseía materialmente sin tal vez llegar siquiera a conocerla, de una verdad que se deja co­piar en un cuaderno, este concepto de la verdad está lejos sin embargo de ser el más peligrosa de todos. Pues muy a menudo para el historiador, in­cluso para el erudito, esta verdad que van a buscar lejos en un libro, es menos, propiamente hablan­do, la verdad misma, que su indicio o su prueba, dejando por consiguiente lugar a una verdad dis­tinta que no hace más que anunciar o verificar y que, ésta sí, es al menos una creación individual de su mente. No sucede lo mismo con el ilustrado. Éste, lee por leer, para recordar lo que ha leído. Para él, el libro no es el ángel que levanta el vuelo tan pronto como nos ha abierto las puertas del jar­dín celestial, sino un ídolo petrificado, al que ado­ra por él mismo, y que, en lugar de dignificarse por los pensamientos que despierta, transmite una dignidad falsa a todo lo que le rodea. El ilustrado cita sonriendo tal o cual nombre que se encuentra en Villehardouin o en Boccacio, tal o cual costumbre descrita en Virgilio. Su mente, carente de actividad original, no sabe extraer de los libros la substan­cia que podría fortalecerla; carga con ellos ínte­gramente, y en lugar de contener para él algún ele­mento asimilable, algún germen de vida, no son más que un cuerpo extraño, un germen de muerte. No es necesario decir que si califico de malsano es­te gusto, esta especie de respeto fetichista por los libros, es en tanto que constituiría los hábitos idea­les de una mente sin tacha que no existe, lo mis­mo que hacen los fisiólogos al describir un funcio­namiento de órganos normal, pero que no puede darse nunca en los seres vivos. En la realidad, por el contrario, donde hay tan pocas mentes perfec­tas como cuerpos enteramente sanos, aquellos a los que llamamos las mentes preclaras están tan con­tagiados como los demás de esta "enfermedad li­teraria". Más todavía, podríamos decir. Parece que la afición por los libros crece con la inteligencia, un poco por debajo de ella, pero en el mismo ta­llo; como toda pasión, está ligada a una predilec­ción por todo aquello que rodea su objeto, que tie­ne alguna relación con él y se comunica con él incluso en su ausencia. Del mismo modo, los gran­des escritores, durante el tiempo en que no están en comunicación directa con el pensamiento, se sienten a gusto en la sociedad de los libros. Des­pués de todo, ¿acaso no han sido escritos para ellos?, ¿no les descubren mil atractivos, que per­manecen ocultos para el resto de los mortales? A decir verdad, el hecho que las mentes superiores sean librescas, como suele decirse, no prueba en absoluto que esto no constituya un defecto del ser... Del hecho de que los hombres mediocres sean a menudo trabajadores y los inteligentes a menudo perezosos, no puede deducirse que el trabajo no sea para la mente una mejor disciplina que la pe­reza. A pesar de todo, descubrir en un gran hom­bre uno de nuestros defectos, nos inclina siempre a preguntarnos si no se trataría en el fondo de al­guna cualidad desconocida, y no sin placer nos en­teramos de que Hugo se sabía a Quinto-Curcio, Tácito y Justino de memoria, que era capaz, si al­guien le discutía la legitimidad de un término, de establecer su filiación remontándose a su origen, con la ayuda de citas que demostraban una autén­tica erudición. (Ya he probado en otro lugar cómo en él esta erudición alimentaba al genio en vez de ahogarlo, lo mismo que un haz de leña apaga un fuego pequeño y aviva uno grande). Maeterlinck, que es para nosotros todo lo contrario de un ilus­trado, y cuya mente está siempre abierta a las mil emociones anónimas que puedan provocarle una colmena, un macizo de flores o un pastizal, nos previene contra los peligros de la erudición, a veces incluso de la bibliofilia, cuando nos describe, co­mo buen aficionado, los grabados que embellecen una edición antigua de Jacob Cats o del ábate San­drus. Estos peligros, por lo demás, cuando existen, amenazan mucho menos a la inteligencia que a la sensibilidad, siendo la capacidad de lectura prove­chosa, por decirlo de algún modo, mucho mayor entre los pensadores que entre los escritores de imaginación. Schopenhauer, por ejemplo, nos ofre­ce la imagen de una mente cuya vitalidad soporta sin esfuerzo aparente una enorme cantidad de lec­tura, reduciendo inmediatamente cada nuevo conocimiento a la parte de realidad, a la porción viva que contiene.
Schopenhauer no aventura jamás una opinión sin apoyarla al instante con varias citas, pero uno percibe enseguida que los textos citados no son pa­ra él más que ejemplos, alusiones inconscientes y anticipadas en las que se complace en encontrar algunos rasgos de su propio pensamiento, aunque en absoluto lo hayan inspirado”.
“(...) Si la afición por los libros crece con la inteli­gencia, sus peligros, ya lo hemos visto, disminu­yen con ella. Una mente original sabe subordinar la lectura a su actividad personal. No es para ella más que la más noble de las distracciones, la más ennoblecedora sobre todo, ya que únicamente la lectura y la sabiduría proporcionan los "buenos modales" de la inteligencia. La fuerza de nuestra sensibilidad y de nuestra inteligencia sólo pode­mos desarrollarla en nosotros mismos, en las pro­fundidades de nuestra vida espiritual. Pero es en esa relación contractual con otras mentes que es la lectura, donde se forja la educación de los "mo­dales" de la inteligencia. Los ilustrados siguen siendo, a pesar de todo, como las personas de ca­lidad de la inteligencia, e ignorar determinado li­bro, determinada particularidad de la ciencia lite­raria, seguirá siendo, incluso en un hombre de talento, una señal de vulgaridad intelectual. La distinción y la nobleza consisten, también en el or­den del pensamiento, en una especie de francmasonería de las costumbres y en una herencia de tradiciones”.

martes, julio 24, 2007

Los Intocables


Una vez más ha quedado al descubierto el estatus de “intoccabili” de los miembros –con perdón- de la “famiglia” borbónica, consortes y pegotes incluidos todos ellos por la gracia de dios, etc. He de andarme con cuidado, no sea que me secuestren a mí el blog –tendría gracia, pues así quizá alguien agarra y lo lee...-; pero creo que sin riesgo a que se me impute un delito de injurias a la corona, puedo decir abiertamente:

¡NO A ESTA MAFIA!*
y
¡VIVA LA REPÚBLICA!


* Entienda aquí el Juez Del Olmo que elijo cuidadosamente la acepción de “grupo organizado que trata de defender sus intereses” que se incluye en la actual 22ª edición del diccionario de la RAE.

lunes, julio 16, 2007

Mahagonny. "Una crítica nihilista de la sociedad burguesa"


“Soy un autor dramático –dijo Bretch-. Muestro lo que he visto. Y he visto mercados de hombres donde se comercia con el hombre. Esto es lo que yo, autor dramático, muestro”.

Desde la noche del sábado no me he recuperado del impacto ¡Soy un hombre poseído por una obra de arte!, lo que quiera que eso pueda significar. Todo por culpa Brecht, el imprescindible Brecht, de Weill, y de su “Ascen$o y Caída de la Ciudad de Mahagonny”.
Matadero Madrid, centro de creación contemporánea ubicado en el recinto del antiguo matadero municipal de Madrid (no os lo perdáis, de verdad), se ha lanzado a lo grande en la inauguración del espacio escénico Naves del Español del Teatro Español. Lo ha hecho poniendo en escena, de la mano de Mario Gas (dirección) y Manuel Gas (dirección musical), nada menos que la genial ópera de la no menos genial unión artística entre Weill y Brecht.
Una clara denuncia anticapitalista, un diagnóstico impecable de la sociedad burguesa. Brecht formula, pero no da respuestas. Así es el texto de un Brecht aún nihilista: “Nadie puede hacer nada por nadie”, “nadie ayuda a un hombre muerto”.

viernes, julio 13, 2007

Antiprosa, antirazón, antiverdad...


"Me he convertido en un antiprosa, antirazón, antiverdad, pues, ¿qué es lo bello, lo imposible, la poesía sino la barbarie, el corazón del hombre?, ¿y dónde encontrar ese corazón cuando en la mayoría de la gente está dividido en dos grandes pensamientos que, a menudo, llenan su vida: hacer fortuna y vivir para sí mismo, es decir, empequeñecer su corazón entre el comercio y el estómago?"


Gustave Fluabert, 24 de junio de 1837.

jueves, julio 05, 2007

Parfum de Culture: "La empresa editorial debe tener aroma de cultura pero pies de empresa"


¡Uuuuufffffff! A ver cómo me meto yo en este charco sin ahogarme en mi propia bilis. Eso es lo primero que he pensado nada más leer las palabras de Pimentel –el ex ministro, además, según se dice por ahí, de escritor, ingeniero, editor, empresario... qué de cosas madre) en la presentación de Cómo funciona la moderna industria editorial, el libro-manual –formato “paso a paso”, o “hágalo usted mismo”, al más puro estilo EEUU- que ha escrito para quienes quieran cometer la insensatez de fundar una editorial libremente y sin coacción, con el objetivo explícito, además, de al menos “llegar a fin de mes” gracias a esa actividad. Él los llama “aventureros”. Así, como si tal cosa...
La frase que me ha capturado ha sido esta:

"La empresa editorial debe tener aroma de cultura pero pies de empresa. El que se dedica a este negocio es porque ama los libros, pero también tiene que llegar a fin de mes".

¿A qué huele la cultura? me pregunto, aun a riesgo de parecer que plagio el estilo de los anuncios de tampones. Si hablamos de esa “cultura” que es doxa, entonces se me antoja un olor acre, olor que difícilmente podría distinguirse del tufo que generan los “pies de empresa” de los que nos habla Pimentel, pues una cosa contiene a la otra en un círculo cerrado y bastante apestoso.

No es que esté mal vender libros, no se me malinterprete. Un poquito peor, aunque también lo puedo dar por bueno, está ganarse la vida haciendo de “mercader del talento ajeno” –lo ha dicho él solito...-. Pero lo que realmente me molesta es que se vaya por la vida con disfraz de ingenuo –que sustituye hoy a la piel de cordero, totalmente demodé-. Al amor a los libros –si es ese el caso- yo lo llamo fetichismo, y nada tiene que ver con el amor a la literatura o cualquiera de las artes o ciencias en que podría ser divisible un concepto tan desvirtuado y manoseado como el de “cultura”. Quienes sólo aman los libros pueden, como mucho, vender libros, es decir, productos. Y esto es lo que predomina en el negocio editorial. Quien no lo vea así, que se haga mirar las dioptrías.
No digo que no pueda haber buenas intenciones de fondo en el señor Pimentel, quién sabe; pero uno analiza un poquito el lenguaje que emplea y se da cuenta de cuántas veces ha repetido la idea de negocio, y eso mosquea. Señor Pimentel, hable del negocio editorial, de cómo funciona esa "industria" –también lo ha dicho él, y sin complejos-, pero déjenos de hablar de aroma a cultura, por favor, no mezcle las cosas tan alegremente, que eso hiere demasiado la sensibilidad de algunos tontos; que somos muy tontos...

Tenía cierto miedo al principio, pero después de todo no me he dejado llevar por la ira; aunque queda claro que el libro y la presentación de Pimentel –pobre- eran sólo una excusa para poder arremeter una vez más contra el conservadurismo neoliberal pro-democrático de la “cultura” ¿no?
Se me ha visto el plumero...

miércoles, julio 04, 2007

Un Fragmento de Vida. Arthur Machen


Reconozco –con golpes de pecho y todo- no haber leído a Arthur Machen hasta hace apenas cuatro o cinco meses. Pero ahora, una vez remediada en parte esa carencia, considero una obligación moral incluirlo en este espacio “¿Qué no has leído aún...?”, pues es imprescindible dejar caer este nombre en cualquier corrillo literario en que se comente –auque sea por error- alguna obra de misterio. No es broma, pues a pesar de la falta de popularidad, Machen es uno de los escritores que más han marcado su influencia sobre la literatura fantástica, sobre el horror. A propósito del horror, precisamente en su obra “El Horror en la Literatura”, el mismísimo H.P. Lovecraft dijo de Machen: «Entre los creadores actuales del miedo cósmico que han alcanzado el más alto nivel artístico son pocos los que pueden compararse con Arthur Machen. Su poderosa producción de horror, a finales del siglo XIX y principios del XX, sigue siendo única en su clase y marca una época distinta en la historia de este género literario».
Yo tuve que salir corriendo a comprar Un fragmento de vida, Traducción de Rafael Llopis. Siruela.Madrid, 2005. No fue fácil, no obstante, pero mereció la pena. Fantasía y misterio que se deja entrever a sorbos pequeños bajo la representación de una cotidianeidad casi neurótica, para más tarde apoderarse de la necesidad de trascendencia del protagonista y hacerse omnipresente.

lunes, junio 25, 2007

En verdad os digo...

Todas las personas interesadas en que el camello pase por el ojo de la aguja, deben escribir su nombre en la lista de patrocinadores del experimento Niklaus.
Desprendido de un grupo de sabios mortíferos, de esos que manipulan el uranio, el cobalto y el hidrógeno, Arpaud Niklaus deriva sus investigaciones actuales a un fin caritativo y radicalmente humanitario: la salvación del alma de los ricos. Propone un plan científico para desintegrar un camello y hacerlo que pase en chorro de electrones por el ojo de una aguja. Un aparato receptor (muy semejante en principio a la pantalla de televisión) organizará los electrones en átomos, los átomos en moléculas y las moléculas en células, reconstruyendo inmediatamente el camello según su esquema primitivo. Niklaus ya logró cambiar de sitio, sin tocarla, una gota de agua pesada. También ha podido evaluar, hasta donde lo permite la discreción de la materia, la energía cuántica que dispara una pezuña de camello. Nos parece inútil abrumar aquí al lector con esa cifra astronómica.


( Extracto de “En verdad os digo”, de J. J. Arreola)

miércoles, junio 20, 2007

Vargas Llosa y lo más estúpido de la semana.

Que un tipo sea bueno con la pluma no significa que no sea un gran idiota. Esto, que parece una obviedad, no se lo ha terminado de aprender el tuerce-botas de Vargas Llosa. Él sigue y sigue -mientras su salud no nos libre de ello-, difundiendo su visión ridícula y simplista del mundo. Me permito el lujo de llamarle IDIOTA al menos por tres razones: la primera porque lo es; la segunda por el prólogo del libro “El regreso del idiota”, escrito por su cachorrito Álvaro, junto con Plinio Apuleyo y Carlos Alberto Montaner, en el que se arremete directamente contra, por ejemplo, Ignacio Ramonet, Noam Chomsky o Harold Pinter; y la tercera porque dice verdaderas idioteces y se queda como si tal cosa. Sin ir más lejos ayer, en Quito, hizo un alarde de sus cualidades al proferir, entre otras, las siguientes palabras:
“Lo que necesitamos es que haya libertad para que proliferen los medios de comunicación independientes. Los medios se democratizan solos. Cuando hay libertad, hay órganos que expresan distintos puntos de vista, que compiten entre ellos, que defienden opciones diferentes”.


Eso de que “los medios se democratizan solos” me ha llegado muy adentro.

martes, junio 12, 2007

Los libros como experiencia vital


Extracto del prefacio de Henry Miller en “Los libros de mi vida”:

Uno de los resultados de este examen de conciencia (...) es la confirmada creencia de que se debe leer menos y menos, y no más y más. (...) no he leído ni remo­tamente tanto como el catedrático, la rata de biblioteca o siquiera el hombre -bien educado-, pero no cabe duda de que he leído un centenar de veces más de lo que debí haber leído para mi propio bien. Dícese que sólo uno de cada cinco norteamericanos lee libros pero hasta este pequeño número de lectores es exagerado. Escasa­mente habrá alguno de ellos que viva con sabiduría o plenitud.
Siempre hay libros auténticamente revolucionarios, o sea inspira­dos e inspiradores. Son pocos y muy escasos, por supuesto. Puede considerarse afortunado quien encuentre un puñado de ellos en toda su vida. Además, estos no son los libros que se dirigen al público general. Son los depósitos ocultos que alimentan a los hombres de menor talento que saben atraer al hombre de la calle. El vasto cú­mulo de la literatura, en todos los dominios, está compuesto por ideas prestadas. La interrogante —nunca resuelta, por desgracia— consiste en saber hasta qué punto sería eficaz restringir la enorme oferta de lectura barata. Pero hay una cosa de la cual no cabe duda en la actualidad: decididamente los analfabetos no son los menos inteligentes entre nosotros.
Sea conocimiento o sabiduría lo que se busca, conviene dirigirse directamente a la fuente de origen. Y esa fuente no es el catedrático, ni el filósofo, ni el preceptor, el santo o el maestro, sino la vida mis­ma: la experiencia directa de la vida. Lo mismo reza para el arte. También aquí podemos prescindir de los maestros. Al decir vida, pienso en un tipo de vida que no es la que conocemos hoy. Pienso en eso de que habla D. H. Lawrence en Etruscan Places. O bien en lo que refiere Henry Adams cuando la Virgen reinaba soberana en Chartres.
En esta era, en la que se cree que todo tiene su atajo, la gran lección que debemos aprender es que el camino más difícil es a la larga el más fácil. Todo lo que está en los libros, todo lo que parece terriblemente vital e importante, no es sino un ápice de aquello que le ha dado origen y que está dentro del alcance de todos aprovechar. Nuestra teoría de la educación se basa íntegramente en la absurda noción de que debemos aprender a nadar en tierra antes de lanzar­nos al agua. Esto se aplica tanto a la adquisición de las artes como a la búsqueda del conocimiento. Todavía se enseña a los hombres a crear estudiando las obras de otros hombres o trazando planes y bocetos que nunca se pensó materializar. El arte de escribir se ense­ña en el aula y no en la espesura de la vida. Todavía se entregan a los estudiantes modelos que presuntamente concuerdan con todos los tipos de temperamento y con todos los tipos de inteligencia. No nos extrañe, entonces, que produzcamos mejores ingenieros que es­critores, mejores expertos industriales que pintores.
Considero en gran medida mis encuentros con los libros, algo así como mis encuentros con otros fenómenos de la vida o el pensamien­to. Todos mis encuentros están configurados y no aislados. En este sentido, y en este sentido solamente, los libros son parte tan integrante de mi vida como los árboles, las estrellas o el estiércol. No reverencio los libros por los libros mismos. No coloco a los escritores en ninguna categoría especial ni privilegiada. Son como los demás hombres, ni mejores ni peores. Explotan los dones que se les han dado, así como lo hacen todos los demás tipos de seres humanos. Si los defiendo de vez en cuando —como clase— es porque creo que, por lo menos en nues­tra sociedad, nunca han alcanzado la jerarquía y la consideración que merecen. Los grandes, en especial, casi siempre han sido tratados como chivos expiatorios.
Verme a mí mismo como el lector que fui otrora, es como ver a un hombre abriéndose paso a brazo partido en la selva. No cabe duda que viviendo en el corazón de la selva aprendí algunas cosas sobre ella, pero nunca tuve la intención de vivir en la selva, sino de ir a ella. Abrigo el firme convencimiento de que no hace falta habi­tar primero esta selva de libros. La vida misma ya es bastante selva, una selva muy real y muy instructiva, por decir poco. Sin embargo, preguntará usted, ¿los libros no pueden servir de ayuda, de guía en nuestra lucha a través de la espesura? -N'ira pas loin —dijo Napo­león— celui qui sait d'avance oú il veut aller.-
(...)
Hay escritores (...) que nos enriquecen y hay escri­tores que nos empobrecen. No obstante, mientras tanto se está desa­rrollando algo más importante. Mientras tanto, enriquezcamos o em­pobrezcamos, quienes escribimos, los escritores, los hombres de letras, los que garabateamos, somos sostenidos, protegidos, mantenidos, en­riquecidos y dotados por una vasta horda de individuos desconoci­dos, los hombres y mujeres que ven y oran, por así decirlo, para que revelemos la verdad que hay en nosotros. Nadie sabe lo vasta que es esta multitud. Ningún artista ha llegado jamás a toda la gran masa doliente de la humanidad. Nadamos en la misma corriente, bebe­mos de la misma fuente, pero sin embargo, ¿cuántas veces o con que profundidad tenemos noción nosotros, los que escribimos, de la nece­sidad común? Si escribir libros es restituir lo que nos hemos llevado del granero de la vida, de los hermanos y hermanas desconocidos, entonces digo

-¡Que haya más libros!-

Frase de hoy

"Las palabras que prefiere el hombre corriente son las que permiten hablar sin tener que pensar". Dashiell Hammett.