miércoles, agosto 12, 2009

Los placeres del verano

Quería, pero no sabía muy bien cómo, retomar esta bitácora que tengo llenita de telarañas. En parte por amor propio, un poco por vergüenza y también en atención a unos cuantos llamados que he recibido recientemente (Raúl, Enrique, gracias por vuestro interés y apoyo, amigos), el viernes intenté escribir unas cuantas líneas que se me convirtieron en un relato, lo cual fue tremendamente placentero (hacía muchísimo tiempo que no escribía un relato de una sola atacada); pero el giro me dejó otra vez con la escoba y el plumero en la mano y la bitácora hecha unos zorros. Así que cerré la puerta (en sentido metafórico) y me fui de fin de semana, a estar tirado en la playa (en el sentido más literal), aparentemente sin el menor remordimiento por no haber cumplido el propósito de regresar a esta costumbre de garabatear los espacios cibernéticos de cuando en cuando. No tenía ni la más remota intención de reparar en ello hasta el lunes siguiente, así que me dediqué a estar tumbado a la sombra con un librito de relatos, a darme un par de baños en el mar y, por supuesto, a disfrutar observando a la fauna playera con ese descaro que sólo me puedo permitir cuando soy uno más que lee entre la multitud. Permitidme aclarar aquí que cuando digo “disfrutar observando”no me refiero ahora al placer erótico del voyeur, sino a lo que, por analogía caprichosa y un poco de cara dura, me gusta llamar Observación Científica (bastante cara dura, es cierto). Concretamente, mi actividad observadora suele estar a medio camino entre el simple curioseo y la posibilidad de esbozar alguna hipótesis vaga, vaguísima sobre alguna característica del comportamiento humano. Una playa cualquiera en el mes de agosto puede ser el paraíso para un cotilla como yo. Dentro de todas las posibilidades de cotilleo que conozco, yo me he decantado casi siempre por la observación no participativa, es decir, simplemente miro con atención. Esta técnica requiere de una gran habilidad para el disimulo, sobre todo en la playa, donde el factor “desnudez” puede incidir en que cualquier observador ocasional deduzca erróneamente que al observador experimentado le mueve un interés lascivo. No hay nada de eso. La práctica no es, por lo tanto, nada sencilla, aunque así pueda parecer a los no iniciados en el tema. Uno no puede mirar a los demás directamente sin generar en el otro una cierta molestia. Yo doy comienzo a mi rutina después de unas cuantas páginas de lectura. Siempre me llevo uno o dos libros de bolsillo a la playa y es la propia reflexión sobre algún fragmento de mi lectura lo que me lleva a levantar la vista del libro y pasearla como si tal cosa por entre la gente, las toallas y las sombrillas. A partir de ese momento las dos actividades (lectura y observación) se convierten en una suerte de actividad única. Por supuesto, rara vez tienen alguna relación el tema de lectura con lo observado, pero eso no es obstáculo para que el subconsciente se cargue de imágenes hasta que alguna de ellas quizá me obligue a abandonar el libro y dedicar unos minutos intensos a la observación en exclusiva. Pero a veces ocurre que uno observa y observa y, sin embargo, parece que no pase nada. Hay comportamientos y actitudes de los individuos que aparentemente pasan desapercibidos, detalles que en un primer momento parecen carecer de interés, hasta que dichos detalles de pronto, gracias a la intervención de algún desencadenante y quizá por azar, se conectan unos con otros y pueden dar lugar a una revelación, por prosaica y absurda que pueda ser en realidad dicha revelación. Así, por ejemplo, transcurrió el fin de semana en la playa y, tras regresar a Madrid el domingo por la noche y estirar el brazo para coger el ejemplar de “Final del juego”, de Cortazar que había abandonado el jueves en la mesilla de noche, caí de pronto en la cuenta de un detalle observado en la playa que se me había escapado hasta entonces: ¿Alguien se ha percatado del volumen demencial de los Bestsellers que están de moda este verano?. De golpe me vinieron a la cabeza un puñado de imágenes de lectores que, sentados en sus sillas de tela a rayas y barras de aluminio, con libros de un tamaño descomunal sobre sus piernas, se doblaban sobre las páginas como seres alienados ofreciendo la redondez de su coronilla al gran Dios Sol. Es posible que un exceso de empatía me despertara esa lástima que sentí de pronto, ya en mi cama un domingo por la noche, por las víctimas inconscientes de los Bestsellers talla XXL. Desde ese momento ya no conseguía dejar de escuchar esas voces lastimeras de los adeptos a las grandes obras del año con tapa dura: “Chico, es que te engancha y no lo puedes dejar hasta el final”; o “Es buenísimo, y creo que van a sacar a la venta una tetralogía del mismo autor para septiembre”, etc. Mientras, sus coronillas se queman, sus vértebras se dañan por el peso de la obra y sus corazones palpitan por alcanzar al menos la página 527 antes de la hora del almuerzo. Sentí lástima, pareciéndome además improbable que los, llamémoslos bestsellerianos... que en un sólo par de semanas de vacaciones pudiera un bestselleriano medio llegar al final de cualquiera de esas historias sin necesidad de sacrificar todo lo bueno que tiene el estío: las horas de siesta, los paseos en bici, la lectura intensa pero no alienante y, por supuesto, el inefable placer de practicar la observación científica...
De este modo descubrí que no era cierta mi supuesta indiferencia por no haber escrito nada en la bitácora este viernes pasado. No, uno no puede confiar en lo primero que siente. Mi cabeza había estado trabajando en silencio todo el fin de semana y ya entonces podía ver con toda claridad cuál era mi misión esta semana: recomendar un librito de bolsillo que fuera, a la vez, profundo, inteligente, reflexivo y estimulante. Fue entonces cuando pensé en Dino Buzzati y su Desierto de los Tártaros. No lo había leído hasta hace unos pocos meses, lo confieso. Pero este detalle no importa pues, además de reunir todos los requisitos que he mencionado más arriba, El Desierto de los Tártaros tiene arena y hasta un castillo... es el librito perfecto para el verano.
Ni el lunes ni el martes me fue posible escribir estas líneas. Ahora, cumplida mi misión, con la bitácora ventilada y la dulce sensación de que quizá mis palabras consigan alejar a algún insensato de las garras de las tetralogías insalvables, creo que al fin podré descansar esta noche.

5 comentarios:

Raúl dijo...

Es gratificante, fresco diría yo, volver a verte por aquí. Volver a verte, aunque para ello tenga que regresar de mi adiós; un adiós, por cierto, que todavía no tiene fecha de caducidad.
Leyéndote, compruebo que no eres muy original. Perdón, que no somos muy originales; pues yo, al igual que tú, y supongo (de ahí lo de que este vicio no nos singulariza) padecemos de la misma debilidad cientifica de la que adolece (afortunadamente) una gran parte de la población: la curiosidad.
Que me alegro muchisimo de saberte bien, y de saberte (información privilegiada que tiene uno) feliz.
Abrazos.

y qué más da... dijo...

Raúl: amigo, necesito que me cuentes un poco más de ese adios sin fecha de caducidad. Recuerda que soy un curioso incorregible. Espero que estés bien.

Un abrazo

Enrique Páez dijo...

Vaya un salto grande en el timepo, desde mayo hasta agosto. Tres meses para encontrarse con Buzzati tal vez valgan la pena. Buen regreso. Un abrazo

Raúl dijo...

Dejaré que transcurra algo más de tiempo, y te pediré que hables entonces de los placeres otoñales.
Un abrazo.

Magda Díaz Morales dijo...

Te comprendo bien las ausencias del blog, a mi me sucede lo mismo algunas veces. El trabajo nos tiene presos u otras cosas personales.

Me da siempre gusto saludarte.

Frase de hoy

"Las palabras que prefiere el hombre corriente son las que permiten hablar sin tener que pensar". Dashiell Hammett.