miércoles, abril 15, 2009

¿Contra corriente?

No he conocido en mi vida nada más alienante que el trabajo, al menos el trabajo tal y como lo dispone el sistema capitalista. Hasta hoy no ha habido nada que me haya separado tanto de mí mismo y de mi deseo como lo ha hecho el trabajo. Ayer discutía con unos amigos de tertulia acerca de si era distinto, en este sentido, el trabajo por cuenta propia de la sumisión y dependencia a la que obliga el trabajo por cuenta ajena. Los autónomos, por supuesto, decían que era tanto o más alienante el primero. Yo creo que el segundo se lleva el deshonroso premio, si bien nunca he conocido otra forma de esclavitud que la de estar sometido al capricho y la deshumanización de la maquinaria empresarial en busca del beneficio. Yo trabajo porque no puedo escapar, o no me atrevo, de esta selva de caníbales bien vestidos y perfumados. Hay tantas actividades a las que el ser humano puede dedicarse, tantas con las que incluso construir y mantener una sociedad de la que merezca la pena ser parte... Pero miro a mi alrededor y siento el desasosiego de haber nacido en un vertedero de seres humanos, hormigas incapaces de sentir (se), afanosos, entregados al trabajo (“como los chinos”, diría Henry Miller) y al consumo en una espiral alienante y sin salida. Y qué mala suerte supone, además, ser consciente de todo ello. Quizá podría envidiar a los hacendosos, a quienes encuentran su goce en la realización de las tareas obligadas, en el cumplimiento del deber, en la satisfacción del trabajo bien hecho. Pero no, no puedo. A mí me ha tocado en gracia el don de saber leer entre líneas, de descubrir las grietas en las esquinas húmedas, en el musgo, de fijar con tristeza la mirada en los decorados, incapaz de concentrarme en la representación de ninguna obra. Un pequeño infierno en vida, pequeño, en una vida que, de ser así, tampoco conoce la diferencia entre el paraíso y el infierno. Mas con esa suerte de don sobrevivo, un poco aturdido, eso sí, hasta que, sin remedio, llegue el día apocalíptico en que apenas sienta ya la memoria de la libertad animal como una pequeña corriente de aire que me sople en los talones, que diría Kafka en boca de Peter el rojo (no es casualidad, no, el subconsciente es una río vivo de todo lo que soy). De momento, para vivir con gracia, con cierta alegría (no renuncio a la búsqueda de momentos felices), me acostumbro al dolor de las heridas que se me infligen con el látigo y el yugo del deber más sagrado, del trabajo. Me convierto en revolucionario de salón, a la vez que acepto el drama de la existencia como algo esencialmente inmutable. Creo, por ejemplo, en la solidaridad, ¡pero apenas la practico!. Me gustaría echarle una mano al pobre Sísifo. Soy consciente de que él solo apenas puede con su piedra. Estoy convencido de la necesidad del esfuerzo conjunto; pero no hago nada, no “tengo tiempo”. Queda tanto de lo inmediato por realizar que, no sin asombro por mi parte, DECIDO alterar el orden de las prioridades, DECIDO que ya me ocuparé del sueño de la revolución escrita más adelante, muy pronto, cuando llegue el momento propicio, cuando se den las condiciones adecuadas, cuando perciba que hay posibilidad de abrir una brecha en el cemento... Mientras tanto, me digo, que la vayan preparando los otros, mis “camaradas”. Ellos podrán contar con todo mi apoyo... moral, lo juro. Eso me digo, eso decido, por más que lo disfrace. ¿Resulta incongruente? Yo creo que no, en absoluto. Es la lógica a la que se recurre por el mero instinto de conservación. He aprendido ya que no existe una ocupación para cada miembro de esta sociedad, que el mercado laboral es eso, un mercado. A veces, si tienes el valor de sacrificarlo todo, quizá puedas elegir la forma del producto con la que te ofreces en el mercado. Pero sólo a veces, nada se garantiza. A mí me falta valor, soy cobarde por naturaleza, un pusilánime, un idealista, y rechazo el mercado desde el hocico hasta la cola. Así que el mercado ha hecho de mí lo que le ha dado la gana. Me ha moldeado la forma original, me ha envasado y me ha puesto un precio. Soy un producto que alguien ha comprado y del que se saca un rendimiento “x”. ¿Qué más le da al comprador, al capitalista, al mundo, si yo puedo ser, además (no lo olvidemos, es “además”), sensible, embustero, capaz de ver, capaz de sentir, etc., si nadie me ha comprado para eso. De modo que sólo me queda ese “además”, el subproducto que nadie compra, para seguir siendo yo. Soy un “además”. ¿Esto sí resulta incongruente? No, esto tampoco, en absoluto. Por decirlo de alguna manera, consiento esta situación, al menos temporalmente, hasta que ambos, la suerte y el valor mínimo necesario, se alíen para permitirme cambiarlo, si acaso un intento de escritura puede significar un cambio, a menos que sea sólo un puente hacia otra cosa que aún no se vislumbra. Pero no tengo valor, ya lo he dicho, Así que no cabe esperar de mí grandes hazañas heroicas. Consiento y sobrevivo con gracia y cierta alegría, debido, en parte, a que soy un embustero. ¡Qué bien dotado estoy para el engaño, la farsa y la impostura! Es algo que me sale de forma natural, sin grandes esfuerzos. Lo hago con la misma soltura con la que como o respiro, con el mismo fin. Porque también, y donde más engaño, es en el trabajo. Soy un funambulista que miente para no perder el equilibrio y evitar así caer al suelo desde las alturas. Cada mentira es un contrapeso. Se trata de un equilibrio frágil. De modo que cuando se me exige, por ejemplo, como producto, atender con más garra al trabajo, yo, miedoso, embustero, equilibrista, aparco lo “demás” para luego, dejo de ser un poco mi ideal y transformo mi yo, miento y me expongo con gran cuidado a la forma de alineación más salvaje que conozco, con la esperanza de que la mentira me permita escabullirme pronto y regresar a lo que deseo ser. Y, por lo pronto, aquí, hoy, lo intento, escribo, regreso...
Gracias a todos por los comentarios que habéis dejado en este tiempo. Os iré contestando poco a poco, si mi agente de la condicional me lo permite.

jueves, febrero 26, 2009

Soñando, con el agua al cuello

Os pido disculpas de nuevo (no sé cuántas van ya, ni las que quedan...) por mi ausencia. En esta batalla diaria de la obligación contra el deseo, la obligación está arrasando con mi campo de los sueños. Hasta los monstruos están emigrando a lugares más apacibles. Las horas escleróticas no dan más de sí y mis intentos por liberarme de esta trampa del “vivir” me hacen hundirme aún más en las arenas movedizas de lo que “hay que hacer”, de lo razonable, de lo útil, lo práctico, lo seguro, lo urgente, etc. Con qué gusto mandaría a la mierda el trabajo, por ejemplo. Sólo con esto me quedaría espacio suficiente para moverme felizmente por mi vida, por la vida de quienes están en mi vida ¡ufff! ¡Y qué quejica soy! Bueno, pero calma, calma. Antes o después voy a encontrar la manera, como las otras veces. Qué otra cosa puedo deciros. Con una cucharilla y paciencia se sale de cualquier prisión ¿verdad? Perdonadme, pues. No por no haber estado aquí (egolatrías y narcisismos aparte), sino por no haber estado en vuestros blogs, leyendo lo que tenéis que contar, alimentándome con vuestros nutrientes culturales y vuestra experiencia. Por que yo, queridos amigos, soy un impostor, un fraude. Quizá sea el momento de hacer esta confesión. Me alimento de vosotros y después saco pecho. Soy de cartón piedra, soy el papel con que se podrían envolver los regalos que no se hacen, soy como los peces y las mariposas a quienes la evolución ha dotado de aletas y alas con colores y formas que simulan unos ojos grandes, gracias a los cuales aparentan un tamaño mucho mayor ante los depredadores. Porque vosotros, queridos amigos, sois a mis ojos el reflejo de una gran depredador, a rayas, felino, peligroso y mortal. Soy un fraude –queda dicho ya- porque no soy quien digo ser, no soy fuerte, apenas soy tan sólo para dejar de ser. Si acaso un intento frustrado de un Yo, un hombre con pies de barro, una alimaña en su madriguera, un ser, eso sí, al que al menos le queda la satisfacción de poder vomitar estas palabras. Gracias, amigos míos, por sujetarme la cabeza. Seguiré aquí otro poco más, sacando pecho, pero que nadie, desde hoy, se sienta engañado.

martes, febrero 03, 2009

La soledad de los ventrílocuos, de Matías Candeira

Un consejo para aquellos lectores de este modesto blog que se encuentren en Madrid: corran a su librería de siempre y pidan un ejemplar de “La soledad de los ventrílocuos”, Tropo Editores (ganador del premio Provincia de Guadalajara 2007), el primer libro de cuentos del Escritor (una “E” mayúscula ganada a fuerza de talento y trabajo) Matías Candeira. Quienes se encuentren fuera de Madrid, pídanlo por Internet, pues. Matías es, por lo pronto, algo que muchos de nosotros ya no podremos ser nunca: un joven cuentista de calidad. Rara avis, Matías demuestra en cada uno de sus cuentos una calidad y un oficio difíciles de encontrar en escritores maduros, imposible casi en alguien que acaba de publicar su primera colección. Compren el libro, hablen de él a sus familiares y amigos. Y si son amantes del cuento, no olviden este nombre: Matías Candeira.

lunes, enero 19, 2009

Relatividad o Cuando los relatos se escriben casi por sí solos...

“Le avergonzaba que lo vieran así”

Miguel Ángel G., chileno de 62 años y guardia de seguridad padeció hipo crónico por más de dos años. Según el testimonio de la familia, durante ese tiempo Miguel Ángel probó todo tipo de tratamientos médicos: tomó pastillas, se inyectó calmantes musculares. Incluso recurrió a algunos remedios caseros, como dejar que alguien lo asustara o tomar agua con el vaso del revés. Pero nada pudo evitar que el viernes pasado se colgara de un viga en la empresa en la que trabajaba.
“Además del hipo no tenía ningún problema”, señaló su hija Judith a los medios locales.

(Fuente: Agencia AFP, enero 2009)

viernes, enero 09, 2009

Sobre la existencia de dios (sí, con minúscula...)

Ante la polémica de los autobuses de creyentes y ateos, el autobús pos-nihilista...

miércoles, enero 07, 2009

Gaza

Estos días injustos vuelvo a recordar ciertos momentos de universidad, sobre todo cuando, ya en el segundo ciclo de carrera, tenía claro que quería especializarme en estudios internacionales. Hasta entonces no había estudiado NUNCA nada centrado en la historia de los países árabes, del Magreb, de la zona del Mediterráneo, etc. Nada, y sin embargo estaba harto de darle vueltas a la historia de Europa, de la Sociedad de Naciones, de las guerras mundiales, etc. Por estas fechas leía por primera vez al recientemente fallecido Huntington y su manido Choque de Civilizaciones. Estoy hablando de un segundo ciclo de universidad como primer momento de acercamiento académico real al mundo árabe y no sólo a sus relaciones más destacadas con nuestro bonito y predilecto occidente, y eso sólo por no haber elegido una especialidad tal como análisis político, en cuyo caso podría haberme licenciado sin saber nada del mundo que nos rodea. No sé a vosotros, pero a mí me parece extremadamente tarde para abrir los ojos y mirar al vecindario. Se supone que de aquellas hornadas de estudiantes deberían salir los futuros politólogos, ya con un criterio formado y eminentemente cojo. Reconozco que hasta entonces tampoco tenía prácticamente ni idea del conflicto árabe-israelí. Es la pura verdad, y a poco que uno pregunte a unas cuantas personas al azar se da cuenta de que eso es lo normal, no tener ni idea, haber escuchado cosas, aquí y allá, pero nada más profundo. Todo el mundo tiene una opinión al respecto, claro, aun sin tener argumentos para ello. Bueno, esto tampoco debe sorprendernos a estas alturas ¿verdad? Recuerdo la indignación que comenzó, que nació en mí y creció, al ir descubriendo cómo ese sentimiento de superioridad tan occidental (ese sentimiento que tantas veces ha hecho que nos olvidáramos de otros puntos de vista, de la dignidad y los derechos de otros pueblos...) había permitido que se gestara el conflicto hoy enquistado entre Israel y los países árabes. Entre los partidarios de la causa judía se daba por hecho desde sus comienzos que los paletillos palestinos estaban obligados ceder su espacio a la evolución de un pueblo refinado como el judío sionista (acabo de ganarme el apelativo de antisemita, seguro). Lo sencillo hoy es, haciendo gala del mismo sentimiento de superioridad demostrado en su día por una Inglaterra codiciosa y manipuladora de alianzas, por una Sociedad de Naciones paternalista y falsa, y de la falta de conocimiento de la historia de este conflicto, mirar a otro lado y hacer responsable a Hamás de la actitud asesina (qué bonito eufemismo el de los “asesinatos selectivos” que tan de moda están desde el año 2000, cuando Israel puso en práctica los asesinatos extrajudiciales que violaban la Convención de Ginebra) y aniquiladora de cualquier realidad Palestina que se cruce en sus planes perversos. Lo que está llevando a cabo Israel en Gaza estos días se llama terrorismo de estado y demuestra la falta absoluta de respeto hacia la vida de los civiles palestino. Sigue vigente el sentimiento de superioridad Israelí sobre la población Palestina, sentimiento avivado por el respaldo incondicional de los Estados Unidos de América y la falta de escrúpulos de la comunidad internacional para no elevar el tono ante la voz de su amo. Una vez más, y van demasiadas, la ONU ha demostrado su incompetencia y ha demostrado que está de más, que sobra, que su existencia carece de sentido. Por todo ello condeno con firmeza la barbarie y la actitud asesina del estado Israelí, acuso de complicidad a toda la comunidad internacional y muestro mi apoyo al mil veces humillado pueblo palestino.

lunes, enero 05, 2009

Año nuevo... (una tontada de relato)

El 1 de enero me desperté con resaca. Juro que no había bebido nada la noche anterior, cargado como estaba de antibióticos y analgésicos a causa de una gripe recién promovida a bronquitis aguda (no sé si existen otros tipos de bronquitis, llanas o esdrújulas). Por supuesto, el dinosaurio aún estaba allí, donde tenía que estar, y me miraba, como siempre, con sus ojos de resaca. El dinosaurio tampoco había bebido una gota de alcohol, estoy seguro de ello, pero él siempre tiene los mismos ojos de resaca milenaria al despertarse, cada mañana. Si hago memoria, desde la primera vez que lo vi a mi lado, hace décadas, siempre he dado por supuesto que ese despertar penoso del dinosaurio se debía a otro tipo de intoxicación no necesariamente etílica, a una especie de embriaguez crónica, provocada quizá por el exceso de días vividos, de días sumados unos a otros ya sin placer, como quien suma el humo de un cigarrillo más (cientos...) o una ginebra a otra cuando las bebe a oscuras en el salón de casa. Esto no era más que una hipótesis, desde luego, pero me parecía en cierto modo lógico que a su organismo le resultase difícil asimilar, madrugada tras madrugada, otro día más de vida como el único espécimen condenado a resistir a fuerza de literatura. Como digo, el dinosaurio me miró y yo miré al dinosaurio, incapaces ninguno de los dos de levantar siquiera la cabeza de la almohada. Estuvimos así mucho rato, en la misma postura que nos obligaba a miranos frente a frente, con los ojos entornados. Un esqueleto de luz comenzó a filtrarse en la habitación a través de la persiana, inundando la pared y dos tercios de la puerta. Durante horas la luz fue avanzando muy despacio en diagonal hacia los pies de la cama, se subió a la colcha, dibujó el volumen de nuestros cuerpos acurrucados y regresó debilitada a la persiana. Lo único que se escuchó en ese tiempo fue el aire convertido en silbido al recorrer el laberinto de mis pulmones inmaduros. A pesar de todo, el dinosaurio y yo seguimos mirándonos. Pude percibir como el sueño pesaba de nuevo sobre él y le hacía cerrar los ojos de tanto en tanto, hasta que su respiración terminó por hacerse aún más lenta y se quedó completamente dormido, digiriendo otro día absurdo. Cuando se despertó de nuevo, yo ya no estaba allí.

(He estado de vacaciones unos días y otra semana fuera de combate por culpa de la gripe. Os pido disculpas por mi ausencia y os agradezco los comentarios que habéis dejado aquí durante ese tiempo. Un fuerte abrazo a todos)

martes, diciembre 16, 2008

El escritor de relatos

Raymond y Laura se reencuentran en una cena de antiguos alumnos del instituto, promoción del 83. Tras los saludos surge esa pregunta inevitable:

Laura: Dime, Ray ¿tú a qué te dedicas?
Raymond: ¿Yo? Bueno, escribo relatos, algún ensayo sobre literatura, también manuales de escritura creativa, pero sobre todo relatos.
Laura: ¡Ray, qué interesante! ¿y has vendido algo últimamente?
Raymond: ¿Por qué...?, sí: el sofá, el coche y la tele de pantalla plana.

(Interpretación personal de un chiste deprimente)

jueves, diciembre 11, 2008

Uno de cada tres jóvenes españoles, a favor de la pena de muerte...

Eso asegura el Informe Juventud en España 2008, del que se hacían eco los diarios españoles el pasado martes, entre ellos Público, y sobre el que me ha hecho reflexionar hoy mi amigo Méndez.
Parece que estos jóvenes, cada vez más fascistas, no quieren aprender de la experiencia de las generaciones que les han precedido. Este resurgimiento de los sentimientos racistas, ultra-nacionalistas, conservaduristas y fanático-religiosos sólo puede ser fruto de una carencia de conocimiento insalvable en materia humanista. Tan centrados están los planes educativos (y no puedo evitar que me tiemblen los hombros al pensar en el plan de Bolonia) en materias prácticas pro-empresariales que nuestros jóvenes no conocen al ser humano, sino a su representación capitalista y competitiva. Regresamos a la táctica de culpar al otro, al extranjero, de la quema de brujas, del exorcismo y el chivo expiatorio. Esta sociedad ha criado, en lugar de mentes jóvenes y despiertas, perros que guarden la propiedad privada de sus amos, “Elmers” obsesionados en que el “bugs bunny” de turno no le robe las zanahorias que por derecho divino les pertenece.
Esto da para varios ensayos, me temo, pero para pocas soluciones.
Por otro lado, volviendo a la encuesta, habría sido interesante saber cuántos de esos supuestos jóvenes emancipados viven de lo que les da papá: en pisos de estudiantes o residencias, en países extranjeros a costa de la plusvalía del trabajo de aquellos a quienes desprecian...
Mierda de mundo el que hemos construido ¿no?. A veces uno se pregunta qué haría en caso de tener delante un botoncito rojo para la destrucción total asegurada...

viernes, diciembre 05, 2008

"Nosotros, todos nosotros", de Víctor García Antón

Antes de decidirme a leer su segundo libro (“Nosotros, todos nosotros”), había oído hablar mucho de Víctor García Antón. Todos los amigos que me hablaba de él –“¡Qué no has leído aún..!”- lo hacían mostrando una visible emoción, un sentimiento de cariño y respeto que olía como a amistad mezclada con cierta devoción. Yo no conozco a Víctor: es lógico, juego en otra división muy inferior. No tengo la suerte de conocerlo. Al parecer es un tipo sencillo y con un encanto personal muy especial, de los que a todos nos gusta tener cerca. El día menos pensado me planto en Fuentetaja, donde es profesor, con unos pastelitos, como harían las visitas pesadas, y así le pongo fin de una vez a esta falta. Es tanta la curiosidad, que siento la tentación de escribir un relato con este argumento...
Precisamente porque todo el mundo me había hablado maravillas del escritor, me estaba haciendo el remolón a la hora de leer sus relatos. Este soy yo... Hasta que hace unos días, siendo sábado por la mañana (esta información no tiene la menor importancia, pero es que era sábado de verdad) caminando a la deriva (qué palabra tan bella ¿verdad? "de-ri-va") por la calle San Bernardo me pregunté si Tres Rosas Amarillas abriría los sábados por la mañana. Como tampoco teníamos ya nada urgente que hacer, a mi amada no le importó acompañarme para satisfacer mi curiosidad. Y sí, las puertas de Tres Rosas Amarillas estaban abiertas un sábado por la mañana (he aquí la única conexión interesante entre el acto de decir que era sábado por la mañana y el hecho de que lo fuera) y la infinita tentación de sus libros a la venta. Yo tenía otros nombres en la cabeza a la hora de buscar libros, pero al preguntar por ellos (no voy a decir esos nombres aquí para que nadie haga comparaciones gratuitas, que a ninguno satisfacen) salió de mi boca el nombre de Víctor García Antón. Como cabía esperar, teniendo en cuenta lo que he contado hasta ahora, me llevé su libro después de que me confirmaran algo de lo que ya a esas alturas no podía sorprenderme: “¡A Víctor le tenemos un cariño especial!”
Después de leer sus relatos sigo sin conocer a Víctor. Bueno, eso no es del todo cierto: conozco a Víctor entre líneas. Nuestros textos dicen mucho más de nosotros de lo que a veces nos gustaría. Cuando nos damos cuenta de ello sentimos un poco de vergüenza, lo cual es bastante bueno. Retomando el hilo del discurso, después de leer sus relatos no puedo evitar pensar que Víctor debe ser una persona realmente excepcional. Sus relatos me han encantado, he disfrutado como un gorrinillo leyéndolos. Si todo aquel que lo conoce habla primero del escritor y después de la obra, teniendo en cuenta que la obra es estupenda ¿será que el tipo es más que estupendo? Pues no lo sé. Si algún día conozco a Víctor ya os contaré si es tan buen tipo como aseguran. Por lo pronto, no lo dudo. A quienes me han hablado de él yo les tengo también un cariño especial... y no dudo de su palabra. Sin haber descubierto si Víctor es ese gran tipo o no, lo único que puedo hacer, por el momento, es recomendar su colección de relatos “Nosotros, todos nosotros”, de Gens Ediciones. Lo recomiendo fervientemente, no sólo porque a mí me ha gustado, pues no soy nadie, sino porque he leído que a Medardo Fraile le ha gustado, y eso son palabras mayores ¿Acaso no?
Llegados a este punto, me pregunto ¿y para qué todo este rollo de si Víctor es majo o no, si lo que quería era recomendar su libro? Porque así, con esta maniobra de distracción imperdonable, relleno espacio y me evito tener que hacer crítica literaria, que es trabajo de los que de verdad saben.
(Feliz puente a todos, os desea alguien que se mea en la Constitución)

viernes, noviembre 21, 2008

John Steinbeck: Los comienzos

Otra vez me permito el lujo de traducir un texto para el blog, es decir, para vosotros, porque al blog, desde luego, le traerá sin cuidado lo que yo haga o deje de hacer. Lo que dice seguramente ya lo conocemos todos, pero siempre anima que nos cuente la realidad de la escritura, así podemos lamernos las heridas y acariciarnos los lomos.
NOTA: La primera versión del texto que coloqué aquí era inexacto, puesto que se había sustituido el destinatario original, Edith Mirrielees, profesora de escritura de la Universidad de Stanford, por un supuesto destinatario genérico, al modo de una carta abierta o un consejo para escritores noveles. Solventado el error, pido disculpas.

Extracto de la carta dirigida a Edith Mirrielees, profesora de escritura de John Steinbeck en la Universidad de Stanford:
(Fuente: Paris Review)
Aunque debe hacer unos mil años desde que me sentaba en tu clase de escritura narrativa en Standford, recuerdo la experiencia con mucha claridad. Estaba rebosante de energía y entusiasmo y preparado para asimilar la fórmula secreta para escribir relatos breves buenos, incluso geniales. Esta ilusión me la quitaste muy rápidamente. La única forma de escribir un buen relato breve, decías, es escribir un buen relato breve. Sólo después de que haya sido escrito puede ser desmigado para saber cómo se hizo. Es el género más difícil, nos decías, y la prueba reside en los poquísimos relatos breves de carácter genial que hay en el mundo.
La regla básica que nos diste era sencilla y descorazonadora. Para que una historia resultase efectiva tenía que transmitir algo desde el escritor al lector, y el poder de lo que se ofreciera era la medida de su calidad. Más allá de esto, decías, no había reglas. Una historia podría versar sobre cualquier cosa y podría usar absolutamente cualquier medio y cualquier técnica: siempre que fuera efectiva.
Como una cuestión subyacente a esta regla, asegurabas que parecía necesario que el escritor supiera lo que quería decir, en definitiva, que supiera de qué estaba hablando. Como ejercicio, teníamos que intentar reducir la esencia de nuestra historia a un frase, porque sólo entonces podríamos conocerla lo suficientemente bien como para alargarla en tres, o seis, o diez mil palabras.
Así que allá se fueron la fórmula mágica, el ingrediente secreto. Sin más, nos lanzaste por ese camino solitario y desolador del escritor. Y así nos embarcamos en algunas historias abismalmente malas. Si yo había esperado ser descubierto en la flor de la excelencia, los resultados de mis esfuerzos enseguida me desilusionaron. Y si me sentí injustamente criticado, la opinión de los editores a lo largo de muchos años después se volcaron de tu lado, no del mío. Los malos resultados obtenidos en las historias que escribí en la universidad se reflejaron en las notas de rechazo, cientos de notas de rechazo.
Parecía injusto. Podía leer una buena historia e incluso saber cómo estaba hecha, gracias a tus enseñanzas: ¿Por qué no podía entonces hacerlo yo? Bueno, no podía, y quizá fuera porque dos historias nunca pueden parecerse entre sí. En estos años he escrito muchísimas historias y aún no sé cómo abordarlas, salvo comenzando a escribir y arriesgándome.
Si hay algo de magia en el arte de escribir historias, y estoy seguro de que la hay, nadie ha sido capaz jamás de reducirla a una receta que pueda pasarse de una persona a otra. La fórmula parece residir únicamente en el doloroso anhelo del escritor por transmitir algo que siente que es importante para el lector. Si el escritor siente ese anhelo podrá algunas veces, pero de ninguna manera siempre, encontrar la forma de hacerlo. Debes percibir esa calidad que hace que una historia sea buena, o los errores que hacen que sea mala. Puesto que una historia mala no es más que una historia inefectiva.
No es tan difícil juzgar una historia una vez que está escrita, pero, después de muchos años, comenzar una historia me aterra. Me atrevo a decir que el escritor al que no le asuste vive en la feliz ignorancia de la tentadora y remota importancia del medio.
Me pregunto si recuerdas un último consejo que me diste. Fue durante los ricos y locos años veinte, y yo iba a lanzarme al mundo para intentar ser escritor.
Me dijiste: “Te a llevar mucho tiempo, y tú no tienes dinero. Quizá sería mejor si pudieras ir a Europa”.
“¿Por qué?”, pregunté yo.
“Porque en Europa la pobreza es mala suerte, pero en América es algo vergonzoso. Me pregunto si podrás resistir la vergüenza de ser pobre”.
No mucho tiempo después llegó la crisis. Entonces todo el mundo era pobre y se acabó la vergüenza. Así que nunca sabré si hubiera podido soportarla o no. Pero seguramente tenías razón en una cosa, Edith. Me llevó mucho tiempo: muchísimo tiempo. Y aún continúa, y la dificultad nunca ha ido a menos.
Me lo advertiste.


8 de Marzo de 1962

jueves, noviembre 13, 2008

Un código forjado en la intimidad

“...la gente lee novelas de la misma manera que los parientes de la gente que está secuestrada escuchan la voz del cautivo que habla por un teléfono sostenido por el secuestrador: prestan atención, naturalmente, a lo que la víctima dice, pero están totalmente absortos en el tono, el temblor y el timbre de lo que se dice, y leen un código forjado en la intimidad en busca de pistas entre líneas acerca de las condiciones de la víctima, de su paradero, de las perspectivas y de la probabilidad de que regrese sano y salvo”.




(‘Hacia el Oeste, el Avance del Imperio Continua’, David Foster Wallace)

miércoles, noviembre 05, 2008

MANIFIESTO POR EL CUENTO

(Suscribo el siguiente Manifiesto por el Cuento, que firma el escritor Esteban Gutiérrez Gómez, para que este género tenga su espacio en las publicaciones periódicas. "No sólo de blogs vive el cuentista", dice Esteban Gutiérrez)





MANIFIESTO POR EL CUENTO
(carta abierta a todas las publicaciones periódicas)

¿Qué motivó que el cuento como nuevo género literario hubiese tenido dos espectaculares apariciones primero en el siglo XIX y después en el XX?
Curiosamente la respuesta es la misma: la publicación de los mismos en revistas y diarios.
Los cuentos modernos, nacen primero en los periódicos y luego se convierten en libros que los recopilan.
Poe, Chejov, London escribían sus cuentos para periódicos. Carver, Cheever, Fante, Bukowski, y toda la generación del realismo sucio americano de mediados del siglo XX, adelantaban sus publicaciones con cuentos en periódicos. La nueva generación americana del desarraigo publica en fanzines y diarios locales, algunos incluso nacionales con gran tirada, antes siquiera de presentar su primer libro de cuentos.
¿Qué coño ocurre en España con el cuento?
¿Ningún periódico es capaz de liberar una columna para acoger un cuento moderno?
Se trata de dar oportunidades a gente desconocida, pero fielmente cuentistas, no de ofrecer una columna a escritores consagrados que publican como cuento el recorte de un amago de novela.
El cuento es un género narrativo mayor, quizá el más complejo en su elaboración a pesar de su aparente sencillez, que requiere una excelente técnica de relojero para lograr que en el lector surja el efecto deseado.
El cuento es corto por definición, y muy intenso, y el buen cuento marca un antes y un después en la mente del lector que ha sentido como un terremoto bajo sus pies.
El cuento explota en la cabeza, anida en el alma y enseña a ver la vida desde otra perspectiva.
El cuento aguanta sin respirar tres estaciones de cercanías y varias de metro, el lector viaja, sí, pero no en el vagón.
El cuento es el género literario más acorde con el mundo presuroso y alocado actual. Y lo es por dos motivos: 1. Su minimalismo intrínseco; y 2. En su interior guarda una bomba intelectual.
Demos una oportunidad al cuento.
Cada año más cuentistas se suman al movimiento. Mucho tienen que ver en ello las escuelas de creación literaria y talleres que se han multiplicado por cien en los últimos tiempos.
El cuento como paso de la nada a la novela ya no es un simple ejercicio de preparación. Muchos de los cuentistas modernos son conscientes de que han encontrado en el relato corto su distancia.
El cuento, el buen cuento, es un reto.
Los cuentistas son a su vez devoradores de cuentos, fagocitan y degluten relatos con la esperanza de descubrir una nueva forma de tallar ese “diamante” en bruto que es la idea previa a la composición.
Demos una oportunidad al cuento.


Esteban Gutiérrez Gómez.
Cuentista.
http://ellaberintodenoe.blogspot.com/
http://bacovicious.blogspot.com/
http://esferadeletras.blogspot.com/index.html

jueves, octubre 30, 2008

Nosotros, todos nosotros

La Biblioteca Regional de Madrid Joaquín Leguina (C/ Ramírez de Prado, 3) y Gens Ediciones presentarán mañana, viernes, 31 de octubre, "Nosotros, todos nosotros", el nuevo libro de realtos de Victor García Antón. Desgraciadamente yo no puedo ir, aunque me apetece más que pasarme la tarde tratando de leer un libro dentro en un vagón lleno de portátiles, Nintendos, politonos y teleconversaciones a voz en grito (nadie aprecia el valor del silencio...). Yo, en este caso, tengo que elegir y elijo reunirme con mi amada; y sacrifico este acto de presentación, pero os recomiendo asistir. Podréis ver por allí las caras de muchos cuentistas imprescindibles.

jueves, octubre 23, 2008

Sueño americano

“Me comprometí a pagar los plazos y de repente, lo mismo daba que lo intentara con todas mis fuerzas, daba igual lo que hiciéramos, no podíamos. Entonces miras a tus hijos y dices: ‘¿Sabéis qué? Mamá y Papá han fracasado’. Es insoportable”

Kristin Bertrand, cuya familia perdió su casa por ejecución hipotecaria.

miércoles, octubre 15, 2008

La perfección es el consuelo de quienes no tienen nada más

Hace un tiempo hice una traducción de un artículo de Richard Ford. Como la traducción tuvo buena acogida y nadie me amenazó de muerte por ello, me he atrevido hoy con un artículo de Steven Millhauser acerca del relato breve. Espero que lo disfrutéis.


La Ambición del Relato Breve



Por STEVEN MILLHAUSER
Publicado en The New York Times: 3 de Octubre de 2008
Traducido por David Condés: 15 de Octubre de 2008

El relato breve: ¡qué porte modesto! ¡qué maneras humildes! Se sienta ahí, en silencio, con la mirada baja, casi como si tratara de pasar desapercibido. Y si de algún modo ha de atraer tu atención, dice con rapidez, en un tono valiente de ligero auto-reproche, consciente de todas las posibilidades de la decepción: “no soy una novela, sabes. Ni siquiera una corta. Si es eso lo que estás buscando, no me quieres a mí”. Rara vez una forma ha dominado tanto a otra. Y nosotros lo comprendemos, asentimos con complicidad: aquí en América, el tamaño es poder. La novela es el Wal-Mart, el increíble Hulk, el avión jumbo de la literatura. La novela es insaciable: quiere devorar el mundo. ¿Qué le queda por hacer al pobre relato breve? Puede cultivar su jardín, practicar la meditación, regar los geranios en la jardinera de la ventana. Puede asistir a un curso de literatura creativa no novelesca. Puede hacer lo que más le guste, siempre y cuando no olvide cuál es su sitio: siempre y cuando permanezca callado y se mantenga al margen. “¡gresca!” grita la novela. "¡Aquí llego!" El relato breve siempre anda ocultando la cabeza para cobijarse. La novela acapara el terreno, corta los árboles, levanta los bloques de pisos. El relato breve se escabulle entre el pasto, se cuela por debajo de la cerca.
Por supuesto que existen virtudes asociadas a lo pequeño. Incluso la novela lo reconocerá. Las cosas grandes tienden a ser inmanejables, pesadas, toscas; lo pequeño es el reino de la elegancia y de la gracia. Es incluso el reino de la perfección. La novela es exhaustiva por naturaleza; pero el mundo es inagotable; por lo tanto la novela, ese batallador de Fausto, nuca consigue alcanzar su deseo. Por contraste el relato breve es inherentemente selectivo. Al excluir prácticamente todo, puede dar una forma perfecta a lo que queda. Y el relato breve incluso revindica un tipo de compleción que la novela elude: tras el acto inicial de exclusión radical, puede incluirlo todo de lo poco que queda. La novela, cuando se acuerda del relato breve, se complace en ser generoso. “Te admiro”, dice, colocando su basta mano sobre el corazón. “En serio. Eres así –eres así-” ¡Tan bello! ¡tan sutil! ¡de tan alta categoría! E inteligente también. La novela difícilmente consigue contenerse. Al fin y al cabo ¿qué importancia tiene? No es más que palabrería. Lo que a la novela le importa es la inmensidad, es el poder. En el fondo de su corazón desprecia al relato breve, que se las compone con tan poco. No soporta la austeridad del relato breve, su inhibición del apetito, sus negaciones y renuncias. La novela quiere cosas. Quiere territorio. Quiere el mundo entero. La perfección es el consuelo de quienes no tienen nada más.
Ese es el valor del relato breve. Modesto en sus pretensiones, tímidamente orgulloso de sus pequeñas virtudes, algo inquieto con relación a su presuntuoso rival, se conforma con volver a sentarse y dejar que la novela se encargue del gran mundo. Sin embargo, sin embargo. La pose modesta –¿me equivoco, o es un poco exagerada? Esas miradas de soslayo- ¿contienen un toque de malicia? ¿Puede ser que el pequeño relato breve se atreva a tener sus propias ambiciones? Si es así, nunca las admitirá abiertamente, debido a un agudo instinto de autoprotección, un dilatado hábito de secretismo nacido de la opresión. En un mundo regido por las jactanciosas novelas, lo pequeño ha aprendido a abrirse paso con cautela. Tendremos que intuir su secreto. Imagino al relato breve protegiendo un deseo. Imagino al relato breve diciéndole a la novela: Puedes tenerlo todo –todo- lo que yo pido es un simple grano de arena. La novela, con un encogimiento de hombros despreocupado, en un gesto a la vez jovial y despectivo, concede el deseo.
Pero el grano de arena es la vía de escape del relato. El grano de arena es la salvación del relato. Sigo el ejemplo de William Blake: “Ver el mundo en un grano de arena”. Piensa en ello: el mundo en un grano de arena; lo que es igual que decir: cada parte del mundo, por pequeña que sea, contiene el mundo por entero. O por decirlo de otro modo: si concentras tu atención en una porción aparentemente insignificante del mundo, encontrarás, en las profundidades de su interior, nada menos que el propio mundo. En ese sencillo grano de arena yace la playa que contiene al grano de arena. En ese sencillo grano de arena yace el océano que rompe contra la playa, el barco que navega el océano, el sol que brilla sobre el barco, los vientos interestelares, una cucharilla en Kansas, la estructura del universo. Y ahí tienes la ambición del relato breve, la terrible ambición que subyace a su modestia fraudulenta: dar cuerpo al mundo entero. El relato breve cree en la transformación. Cree en los poderes ocultos. La novela prefiere las cosas a plena vista. No tiene paciencia con los granos de arena individualmente, que brillan pero son difíciles de ver. La novela quiere barrerlo todo con su poderoso abrazo: orillas, montañas, continentes. Pero nunca puede tener éxito, porque el mundo es más extenso que una novela. El mundo se escapa corriendo en cada punto. La novela salta sin descanso de un lugar a otro, siempre hambrienta, siempre insatisfecha, siempre temerosa de llegar a un final: porque cuando ella se pare, exhausta pero nunca en paz, el mundo se la habrá escapado. El relato breve se concentra en su grano de arena, en la creencia apasionada de que ahí -justo ahí, en la palma de su mano- yace el universo. Busca conocer ese grano de arena de la manera en que un enamorado busca conocer la cara de su amada. Espera el momento en que el grano de arena revele su verdadera naturaleza. En ese momento de expansión mística, cuando la flor macrocósmica rompe de la semilla microcósmica, el relato breve siente su poder. Se hace más grande que él mismo. Se hace más grande que la novela. Se hace tan grande como el universo. Ahí dentro yace la inmodestia del relato breve, su agresividad secreta. Su método es la revelación. Su pequeñez es la mediación de su poder. La poderosa masa de la novela se descubre como la imagen irrisoria de la debilidad. El relato breve se disculpa por nada. Se regocija en su brevedad. Quiere ser incluso más breve. Quiere ser una única palabra. Si pudiera encontrar esa palabra, si pudiera pronunciar esa sílaba, todo el universo reventaría con un bramido. Esta es la exorbitante ambición del relato breve, que es su fe más profunda, que es la grandeza de su pequeñez
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martes, octubre 07, 2008

Breve listado de vocablos, conceptos y eufemismos atroces

Privacidad, apolítico, sentido común, vías de desarrollo, inversión, "expertise", pragmatismo, accionariado, bienestar, homilía, valoración, desplome, competitividad, democracia, "usabilidad", innovación, cónclave, concurso, verdad, eje, antisistema, emisión, sensatez, mando, cooptación, posicionamiento, publicidad, conservador, cultura de empresa, consumidor, ranking, banca, éxito, favor, gestión, endogamia, conectividad, emporio, gente, reserva, red de contactos, desfile, impago, inocencia, verde, trasnochado, joven radical, "hobby", promotor, auditoría, defensa, comercialización, regularización, deuda externa, ayudas, querella, realeza, asertividad, beneficio, aseguradora, préstamo, cooperante, fiscalizar, inyectar, liquidez, orden internacional, cambio climático, amenaza, (in)migración, requisito, imagen, energética, sínodo, miedo, moderación, pérdidas, rehabilitación, global, centro político, caridad, alianza, constitución, solidez, hispanidad, absorción y compensación, venta, tropa, Tíbet, cotización, fosa, multinacional, dios, plan de rescate...

martes, septiembre 30, 2008

¿Un paso hacia las huelgas en toda Europa?

En la madrugada de ayer, los ministros de Trabajo de la UE aprobaron, por mayoría cualificada, el texto que da luz verde a la ampliación de la jornada de trabajo hasta un máximo de 65 horas semanales. La Comisión Europea lo ha considerado “un paso adelante para los trabajadores” y un refuerzo del papel del diálogo social. Esto, no sólo parece una tomadura de pelo, sino que lo es, y en toda regla.
En caso de que el Parlamento Europeo dé el visto bueno a este acuerdo (que lo dará), cada Estado miembro podrá elevar el máximo vigente, desde las 48 horas actuales hasta las 60, para casos generales, y 65 para casos “especiales”, como son los trabajadores de la sanidad. Con esta directiva algunos Estados miembro buscan la vía para legalizar una situación ya existente en sus territorios, en los que ciertos colectivos trabajan por encime del límite semanal. De esta manera, con lo que será la nueva directiva (esto ya no es posible que se pare a nivel de la Unión Europea), dicho límite “oficial” seguirá siendo el de las 48 horas reconocidas hace 91 años por la OIT, mientras que, de forma individual, cada trabajador podrá pactar con el empresario, con el techo de 60 ó 65 horas, según el caso. Creo que no hay que explicar mucho sobre la aberración contra el derecho social que supone permitir que el trabajador negocie a solas con el empresario, renunciando a los logros conseguidos en materia legal gracias a la lucha colectiva de los trabajadores ¿Desde cuando el trabajador, en solitario, puede comparar su fuerza negociadora con la de un empresario? No es sólo un hecho alarmante, es un acuerdo que abre las puertas a otros posibles retrocesos en este campo. El trabajador ha sido siempre el tronco que alimentaba las calderas de la economía. Ante la escasez de troncos, ahora se nos pide que ardamos de una forma mucho más eficiente y duradera...
¿Esto es un avance? ¿Un paso adelante? En todo caso, y con suerte, un paso en el camino hacia el despertar de la conciencia de clase entre las masas adormecidas.
Por el momento, el gobierno español se ha opuesto a esta directiva; pero es sólo cuestión de tiempo verlo ceder ante las presiones de los empresarios.
¿Para cuando las huelgas?

miércoles, septiembre 24, 2008

Contradicciones

Leía ayer, en El País, que la editorial Acantilado pondrá a la venta, a partir del 27 de septiembre, el libro Correspondencia, que recoge una selección de 387 entre las más de 10.000 cartas que el museo Tolstoi de Moscú conserva de este gran maestro de la literatura. Este volumen se suma, pues, a los otros dos publicados por la misma editorial (y misma traductora, Selma Ancira) como Diarios de Tolstoi.
Hace tiempo, a propósito del libro Sobre la creación literaria (Fuentetaja) que recogía una acertada selección de cartas de Gustave Flaubert, no pude evitar plantearme ese dilema que, por un lado, me hace recelar de las intrusiones que a menudo hacemos en las parcelas personales de aquellos a quienes admiramos (quizá no todo lo que escribe un escritor debe ser publicado, sino sólo aquello que, al menos, superase su propio filtro); mientras que, por otra parte, despertaba en mí un interés magnífico hacia los posibles hallazgos y las ventajas personales de conocer y, quizá -con mucha suerte-, comprender el consciente y el subconsciente de un genio. Y todo ello, claro, como fuente de mi propio placer.
Hoy este dilema sigue siendo el mismo, aunque debiera reconocer que algo apaciguado. Racionalmente sigo considerando importante el simple hecho de que alguna vez nos detengamos a reconsiderar los aspectos menos prácticos de nuestros actos y más ligados a esos cimientos éticos e ideológicos sobre los que debiéramos apoyarnos (iba a decir “descansar”, que mamón es el subconsciente). Emocionalmente, sin embargo, deseo leer las cartas de Tolstoi.
Llevado a un punto algo más extremo, me consta que mucha gente decidiría que busco problemas donde no los hay, que no se hace mal a nadie con ello, menos aún cuando el autor lleva muchos años muerto. Quizá tengan razón, claro. Y me hablarían de las “ventajas” frente a los “inconvenientes” y aplicarían, como con todo, esa lógica imperante del beneficio humano, del estudio en aras del progreso, etc. Futuro, futuro..., progreso. Esa línea recta con una zanahoria al final, que es la muerte. Por suerte, creo, sin embargo me detengo en estos detalles. Quizá este hábito me haya hecho ganarme el apelativo de “Dr. No” ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo hacer comprender al otro? No son ganas de complicar las cosas, sino todo lo contrario. Son ganas de detenerme a contemplar y a tratar de comprender. Son ganas de destruir los aceleradores de partículas, de decir no en cada ocasión que se me quiera imponer otra velocidad que me obligue a la acción sin una extensa y placentera reflexión previa, sin dejar la casa barrida. En este sentido, quiero ver el mundo a la velocidad que lo ve una mosca. Quiero poder preguntarme si, en este caso, el autor deseaba guardar su intimidad en un cajón alejado del progreso. Quiero poder plantearme este dilema (como he dicho antes, algo más apaciguado) sin que suponga un atentado o un insulto a la “cultura”. Quiero poder decir esto y desear, con todo, leer las cartas de Tolstoi.

lunes, septiembre 15, 2008

Necrología

David Foster Wallace fue encontrado muerto en la noche del pasado viernes. Se había colgado en su casa de California, a los 46 años biológicos. Otro escritor que no ha soportado el tufillo a mierda que a veces despide la existencia.
Es una pena.

Frase de hoy

"Las palabras que prefiere el hombre corriente son las que permiten hablar sin tener que pensar". Dashiell Hammett.