jueves, febrero 26, 2009
martes, febrero 03, 2009
La soledad de los ventrílocuos, de Matías Candeira
Un consejo para aquellos lectores de este modesto blog que se encuentren en Madrid: corran a su librería de siempre y pidan un ejemplar de “La soledad de los ventrílocuos”, Tropo Editores (ganador del premio Provincia de Guadalajara 2007), el primer libro de cuentos del Escritor (una “E” mayúscula ganada a fuerza de talento y trabajo) Matías Candeira. Quienes se encuentren fuera de Madrid, pídanlo por Internet, pues. Matías es, por lo pronto, algo que muchos de nosotros ya no podremos ser nunca: un joven cuentista de calidad. Rara avis, Matías demuestra en cada uno de sus cuentos una calidad y un oficio difíciles de encontrar en escritores maduros, imposible casi en alguien que acaba de publicar su primera colección. Compren el libro, hablen de él a sus familiares y amigos. Y si son amantes del cuento, no olviden este nombre: Matías Candeira.
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lunes, enero 19, 2009
Relatividad o Cuando los relatos se escriben casi por sí solos...
“Le avergonzaba que lo vieran así”Miguel Ángel G., chileno de 62 años y guardia de seguridad padeció hipo crónico por más de dos años. Según el testimonio de la familia, durante ese tiempo Miguel Ángel probó todo tipo de tratamientos médicos: tomó pastillas, se inyectó calmantes musculares. Incluso recurrió a algunos remedios caseros, como dejar que alguien lo asustara o tomar agua con el vaso del revés. Pero nada pudo evitar que el viernes pasado se colgara de un viga en la empresa en la que trabajaba.
“Además del hipo no tenía ningún problema”, señaló su hija Judith a los medios locales.
(Fuente: Agencia AFP, enero 2009)
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viernes, enero 09, 2009
Sobre la existencia de dios (sí, con minúscula...)
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miércoles, enero 07, 2009
Gaza
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lunes, enero 05, 2009
Año nuevo... (una tontada de relato)
El 1 de enero me desperté con resaca. Juro que no había bebido nada la noche anterior, cargado como estaba de antibióticos y analgésicos a causa de una gripe recién promovida a bronquitis aguda (no sé si existen otros tipos de bronquitis, llanas o esdrújulas). Por supuesto, el dinosaurio aún estaba allí, donde tenía que estar, y me miraba, como siempre, con sus ojos de resaca. El dinosaurio tampoco había bebido una gota de alcohol, estoy seguro de ello, pero él siempre tiene los mismos ojos de resaca milenaria al despertarse, cada mañana. Si hago memoria, desde la primera vez que lo vi a mi lado, hace décadas, siempre he dado por supuesto que ese despertar penoso del dinosaurio se debía a otro tipo de intoxicación no necesariamente etílica, a una especie de embriaguez crónica, provocada quizá por el exceso de días vividos, de días sumados unos a otros ya sin placer, como quien suma el humo de un cigarrillo más (cientos...) o una ginebra a otra cuando las bebe a oscuras en el salón de casa. Esto no era más que una hipótesis, desde luego, pero me parecía en cierto modo lógico que a su organismo le resultase difícil asimilar, madrugada tras madrugada, otro día más de vida como el único espécimen condenado a resistir a fuerza de literatura. Como digo, el dinosaurio me miró y yo miré al dinosaurio, incapaces ninguno de los dos de levantar siquiera la cabeza de la almohada. Estuvimos así mucho rato, en la misma postura que nos obligaba a miranos frente a frente, con los ojos entornados. Un esqueleto de luz comenzó a filtrarse en la habitación a través de la persiana, inundando la pared y dos tercios de la puerta. Durante horas la luz fue avanzando muy despacio en diagonal hacia los pies de la cama, se subió a la colcha, dibujó el volumen de nuestros cuerpos acurrucados y regresó debilitada a la persiana. Lo único que se escuchó en ese tiempo fue el aire convertido en silbido al recorrer el laberinto de mis pulmones inmaduros. A pesar de todo, el dinosaurio y yo seguimos mirándonos. Pude percibir como el sueño pesaba de nuevo sobre él y le hacía cerrar los ojos de tanto en tanto, hasta que su respiración terminó por hacerse aún más lenta y se quedó completamente dormido, digiriendo otro día absurdo. Cuando se despertó de nuevo, yo ya no estaba allí.(He estado de vacaciones unos días y otra semana fuera de combate por culpa de la gripe. Os pido disculpas por mi ausencia y os agradezco los comentarios que habéis dejado aquí durante ese tiempo. Un fuerte abrazo a todos)
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martes, diciembre 16, 2008
El escritor de relatos
Raymond y Laura se reencuentran en una cena de antiguos alumnos del instituto, promoción del 83. Tras los saludos surge esa pregunta inevitable:Laura: Dime, Ray ¿tú a qué te dedicas?
Raymond: ¿Yo? Bueno, escribo relatos, algún ensayo sobre literatura, también manuales de escritura creativa, pero sobre todo relatos.
Laura: ¡Ray, qué interesante! ¿y has vendido algo últimamente?
Raymond: ¿Por qué...?, sí: el sofá, el coche y la tele de pantalla plana.
(Interpretación personal de un chiste deprimente)
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jueves, diciembre 11, 2008
Uno de cada tres jóvenes españoles, a favor de la pena de muerte...
Eso asegura el Informe Juventud en España 2008, del que se hacían eco los diarios españoles el pasado martes, entre ellos Público, y sobre el que me ha hecho reflexionar hoy mi amigo Méndez.Parece que estos jóvenes, cada vez más fascistas, no quieren aprender de la experiencia de las generaciones que les han precedido. Este resurgimiento de los sentimientos racistas, ultra-nacionalistas, conservaduristas y fanático-religiosos sólo puede ser fruto de una carencia de conocimiento insalvable en materia humanista. Tan centrados están los planes educativos (y no puedo evitar que me tiemblen los hombros al pensar en el plan de Bolonia) en materias prácticas pro-empresariales que nuestros jóvenes no conocen al ser humano, sino a su representación capitalista y competitiva. Regresamos a la táctica de culpar al otro, al extranjero, de la quema de brujas, del exorcismo y el chivo expiatorio. Esta sociedad ha criado, en lugar de mentes jóvenes y despiertas, perros que guarden la propiedad privada de sus amos, “Elmers” obsesionados en que el “bugs bunny” de turno no le robe las zanahorias que por derecho divino les pertenece.
Esto da para varios ensayos, me temo, pero para pocas soluciones.
Por otro lado, volviendo a la encuesta, habría sido interesante saber cuántos de esos supuestos jóvenes emancipados viven de lo que les da papá: en pisos de estudiantes o residencias, en países extranjeros a costa de la plusvalía del trabajo de aquellos a quienes desprecian...
Mierda de mundo el que hemos construido ¿no?. A veces uno se pregunta qué haría en caso de tener delante un botoncito rojo para la destrucción total asegurada...
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viernes, diciembre 05, 2008
"Nosotros, todos nosotros", de Víctor García Antón
Antes de decidirme a leer su segundo libro (“Nosotros, todos nosotros”), había oído hablar mucho de Víctor García Antón. Todos los amigos que me hablaba de él –“¡Qué no has leído aún..!”- lo hacían mostrando una visible emoción, un sentimiento de cariño y respeto que olía como a amistad mezclada con cierta devoción. Yo no conozco a Víctor: es lógico, juego en otra división muy inferior. No tengo la suerte de conocerlo. Al parecer es un tipo sencillo y con un encanto personal muy especial, de los que a todos nos gusta tener cerca. El día menos pensado me planto en Fuentetaja, donde es profesor, con unos pastelitos, como harían las visitas pesadas, y así le pongo fin de una vez a esta falta. Es tanta la curiosidad, que siento la tentación de escribir un relato con este argumento...Precisamente porque todo el mundo me había hablado maravillas del escritor, me estaba haciendo el remolón a la hora de leer sus relatos. Este soy yo... Hasta que hace unos días, siendo sábado por la mañana (esta información no tiene la menor importancia, pero es que era sábado de verdad) caminando a la deriva (qué palabra tan bella ¿verdad? "de-ri-va") por la calle San Bernardo me pregunté si Tres Rosas Amarillas abriría los sábados por la mañana. Como tampoco teníamos ya nada urgente que hacer, a mi amada no le importó acompañarme para satisfacer mi curiosidad. Y sí, las puertas de Tres Rosas Amarillas estaban abiertas un sábado por la mañana (he aquí la única conexión interesante entre el acto de decir que era sábado por la mañana y el hecho de que lo fuera) y la infinita tentación de sus libros a la venta. Yo tenía otros nombres en la cabeza a la hora de buscar libros, pero al preguntar por ellos (no voy a decir esos nombres aquí para que nadie haga comparaciones gratuitas, que a ninguno satisfacen) salió de mi boca el nombre de Víctor García Antón. Como cabía esperar, teniendo en cuenta lo que he contado hasta ahora, me llevé su libro después de que me confirmaran algo de lo que ya a esas alturas no podía sorprenderme: “¡A Víctor le tenemos un cariño especial!”
Después de leer sus relatos sigo sin conocer a Víctor. Bueno, eso no es del todo cierto: conozco a Víctor entre líneas. Nuestros textos dicen mucho más de nosotros de lo que a veces nos gustaría. Cuando nos damos cuenta de ello sentimos un poco de vergüenza, lo cual es bastante bueno. Retomando el hilo del discurso, después de leer sus relatos no puedo evitar pensar que Víctor debe ser una persona realmente excepcional. Sus relatos me han encantado, he disfrutado como un gorrinillo leyéndolos. Si todo aquel que lo conoce habla primero del escritor y después de la obra, teniendo en cuenta que la obra es estupenda ¿será que el tipo es más que estupendo? Pues no lo sé. Si algún día conozco a Víctor ya os contaré si es tan buen tipo como aseguran. Por lo pronto, no lo dudo. A quienes me han hablado de él yo les tengo también un cariño especial... y no dudo de su palabra. Sin haber descubierto si Víctor es ese gran tipo o no, lo único que puedo hacer, por el momento, es recomendar su colección de relatos “Nosotros, todos nosotros”, de Gens Ediciones. Lo recomiendo fervientemente, no sólo porque a mí me ha gustado, pues no soy nadie, sino porque he leído que a Medardo Fraile le ha gustado, y eso son palabras mayores ¿Acaso no?
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viernes, noviembre 21, 2008
John Steinbeck: Los comienzos
Otra vez me permito el lujo de traducir un texto para el blog, es decir, para vosotros, porque al blog, desde luego, le traerá sin cuidado lo que yo haga o deje de hacer. Lo que dice seguramente ya lo conocemos todos, pero siempre anima que nos cuente la realidad de la escritura, así podemos lamernos las heridas y acariciarnos los lomos.
NOTA: La primera versión del texto que coloqué aquí era inexacto, puesto que se había sustituido el destinatario original, Edith Mirrielees, profesora de escritura de la Universidad de Stanford, por un supuesto destinatario genérico, al modo de una carta abierta o un consejo para escritores noveles. Solventado el error, pido disculpas.
Aunque debe hacer unos mil años desde que me sentaba en tu clase de escritura narrativa en Standford, recuerdo la experiencia con mucha claridad. Estaba rebosante de energía y entusiasmo y preparado para asimilar la fórmula secreta para escribir relatos breves buenos, incluso geniales. Esta ilusión me la quitaste muy rápidamente. La única forma de escribir un buen relato breve, decías, es escribir un buen relato breve. Sólo después de que haya sido escrito puede ser desmigado para saber cómo se hizo. Es el género más difícil, nos decías, y la prueba reside en los poquísimos relatos breves de carácter genial que hay en el mundo.
La regla básica que nos diste era sencilla y descorazonadora. Para que una historia resultase efectiva tenía que transmitir algo desde el escritor al lector, y el poder de lo que se ofreciera era la medida de su calidad. Más allá de esto, decías, no había reglas. Una historia podría versar sobre cualquier cosa y podría usar absolutamente cualquier medio y cualquier técnica: siempre que fuera efectiva.
Así que allá se fueron la fórmula mágica, el ingrediente secreto. Sin más, nos lanzaste por ese camino solitario y desolador del escritor. Y así nos embarcamos en algunas historias abismalmente malas. Si yo había esperado ser descubierto en la flor de la excelencia, los resultados de mis esfuerzos enseguida me desilusionaron. Y si me sentí injustamente criticado, la opinión de los editores a lo largo de muchos años después se volcaron de tu lado, no del mío. Los malos resultados obtenidos en las historias que escribí en la universidad se reflejaron en las notas de rechazo, cientos de notas de rechazo.
Parecía injusto. Podía leer una buena historia e incluso saber cómo estaba hecha, gracias a tus enseñanzas: ¿Por qué no podía entonces hacerlo yo? Bueno, no podía, y quizá fuera porque dos historias nunca pueden parecerse entre sí. En estos años he escrito muchísimas historias y aún no sé cómo abordarlas, salvo comenzando a escribir y arriesgándome.
Si hay algo de magia en el arte de escribir historias, y estoy seguro de que la hay, nadie ha sido capaz jamás de reducirla a una receta que pueda pasarse de una persona a otra. La fórmula parece residir únicamente en el doloroso anhelo del escritor por transmitir algo que siente que es importante para el lector. Si el escritor siente ese anhelo podrá algunas veces, pero de ninguna manera siempre, encontrar la forma de hacerlo. Debes percibir esa calidad que hace que una historia sea buena, o los errores que hacen que sea mala. Puesto que una historia mala no es más que una historia inefectiva.
No es tan difícil juzgar una historia una vez que está escrita, pero, después de muchos años, comenzar una historia me aterra. Me atrevo a decir que el escritor al que no le asuste vive en la feliz ignorancia de la tentadora y remota importancia del medio.
Me pregunto si recuerdas un último consejo que me diste. Fue durante los ricos y locos años veinte, y yo iba a lanzarme al mundo para intentar ser escritor.
Me dijiste: “Te a llevar mucho tiempo, y tú no tienes dinero. Quizá sería mejor si pudieras ir a Europa”.
“¿Por qué?”, pregunté yo.
“Porque en Europa la pobreza es mala suerte, pero en América es algo vergonzoso. Me pregunto si podrás resistir la vergüenza de ser pobre”.
No mucho tiempo después llegó la crisis. Entonces todo el mundo era pobre y se acabó la vergüenza. Así que nunca sabré si hubiera podido soportarla o no. Pero seguramente tenías razón en una cosa, Edith. Me llevó mucho tiempo: muchísimo tiempo. Y aún continúa, y la dificultad nunca ha ido a menos.
Me lo advertiste.
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jueves, noviembre 13, 2008
Un código forjado en la intimidad
“...la gente lee novelas de la misma manera que los parientes de la gente que está secuestrada escuchan la voz del cautivo que habla por un teléfono sostenido por el secuestrador: prestan atención, naturalmente, a lo que la víctima dice, pero están totalmente absortos en el tono, el temblor y el timbre de lo que se dice, y leen un código forjado en la intimidad en busca de pistas entre líneas acerca de las condiciones de la víctima, de su paradero, de las perspectivas y de la probabilidad de que regrese sano y salvo”.(‘Hacia el Oeste, el Avance del Imperio Continua’, David Foster Wallace)
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miércoles, noviembre 05, 2008
MANIFIESTO POR EL CUENTO
(Suscribo el siguiente Manifiesto por el Cuento, que firma el escritor Esteban Gutiérrez Gómez, para que este género tenga su espacio en las publicaciones periódicas. "No sólo de blogs vive el cuentista", dice Esteban Gutiérrez)(carta abierta a todas las publicaciones periódicas)
Curiosamente la respuesta es la misma: la publicación de los mismos en revistas y diarios.
Los cuentos modernos, nacen primero en los periódicos y luego se convierten en libros que los recopilan.
Poe, Chejov, London escribían sus cuentos para periódicos. Carver, Cheever, Fante, Bukowski, y toda la generación del realismo sucio americano de mediados del siglo XX, adelantaban sus publicaciones con cuentos en periódicos. La nueva generación americana del desarraigo publica en fanzines y diarios locales, algunos incluso nacionales con gran tirada, antes siquiera de presentar su primer libro de cuentos.
¿Qué coño ocurre en España con el cuento?
¿Ningún periódico es capaz de liberar una columna para acoger un cuento moderno?
Se trata de dar oportunidades a gente desconocida, pero fielmente cuentistas, no de ofrecer una columna a escritores consagrados que publican como cuento el recorte de un amago de novela.
El cuento es un género narrativo mayor, quizá el más complejo en su elaboración a pesar de su aparente sencillez, que requiere una excelente técnica de relojero para lograr que en el lector surja el efecto deseado.
El cuento es corto por definición, y muy intenso, y el buen cuento marca un antes y un después en la mente del lector que ha sentido como un terremoto bajo sus pies.
El cuento explota en la cabeza, anida en el alma y enseña a ver la vida desde otra perspectiva.
El cuento aguanta sin respirar tres estaciones de cercanías y varias de metro, el lector viaja, sí, pero no en el vagón.
El cuento es el género literario más acorde con el mundo presuroso y alocado actual. Y lo es por dos motivos: 1. Su minimalismo intrínseco; y 2. En su interior guarda una bomba intelectual.
Demos una oportunidad al cuento.
Cada año más cuentistas se suman al movimiento. Mucho tienen que ver en ello las escuelas de creación literaria y talleres que se han multiplicado por cien en los últimos tiempos.
El cuento como paso de la nada a la novela ya no es un simple ejercicio de preparación. Muchos de los cuentistas modernos son conscientes de que han encontrado en el relato corto su distancia.
El cuento, el buen cuento, es un reto.
Los cuentistas son a su vez devoradores de cuentos, fagocitan y degluten relatos con la esperanza de descubrir una nueva forma de tallar ese “diamante” en bruto que es la idea previa a la composición.
Demos una oportunidad al cuento.
Esteban Gutiérrez Gómez.
Cuentista.
http://ellaberintodenoe.blogspot.com/
http://bacovicious.blogspot.com/
http://esferadeletras.blogspot.com/index.html
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jueves, octubre 30, 2008
Nosotros, todos nosotros
La Biblioteca Regional de Madrid Joaquín Leguina (C/ Ramírez de Prado, 3) y Gens Ediciones presentarán mañana, viernes, 31 de octubre, "Nosotros, todos nosotros", el nuevo libro de realtos de Victor García Antón. Desgraciadamente yo no puedo ir, aunque me apetece más que pasarme la tarde tratando de leer un libro dentro en un vagón lleno de portátiles, Nintendos, politonos y teleconversaciones a voz en grito (nadie aprecia el valor del silencio...). Yo, en este caso, tengo que elegir y elijo reunirme con mi amada; y sacrifico este acto de presentación, pero os recomiendo asistir. Podréis ver por allí las caras de muchos cuentistas imprescindibles.
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jueves, octubre 23, 2008
Sueño americano
“Me comprometí a pagar los plazos y de repente, lo mismo daba que lo intentara con todas mis fuerzas, daba igual lo que hiciéramos, no podíamos. Entonces miras a tus hijos y dices: ‘¿Sabéis qué? Mamá y Papá han fracasado’. Es insoportable”
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miércoles, octubre 15, 2008
La perfección es el consuelo de quienes no tienen nada más
Hace un tiempo hice una traducción de un artículo de Richard Ford. Como la traducción tuvo buena acogida y nadie me amenazó de muerte por ello, me he atrevido hoy con un artículo de Steven Millhauser acerca del relato breve. Espero que lo disfrutéis.
La Ambición del Relato Breve
Por STEVEN MILLHAUSER
Publicado en The New York Times: 3 de Octubre de 2008
El relato breve: ¡qué porte modesto! ¡qué maneras humildes! Se sienta ahí, en silencio, con la mirada baja, casi como si tratara de pasar desapercibido. Y si de algún modo ha de atraer tu atención, dice con rapidez, en un tono valiente de ligero auto-reproche, consciente de todas las posibilidades de la decepción: “no soy una novela, sabes. Ni siquiera una corta. Si es eso lo que estás buscando, no me quieres a mí”. Rara vez una forma ha dominado tanto a otra. Y nosotros lo comprendemos, asentimos con complicidad: aquí en América, el tamaño es poder. La novela es el Wal-Mart, el increíble Hulk, el avión jumbo de la literatura. La novela es insaciable: quiere devorar el mundo. ¿Qué le queda por hacer al pobre relato breve? Puede cultivar su jardín, practicar la meditación, regar los geranios en la jardinera de la ventana. Puede asistir a un curso de literatura creativa no novelesca. Puede hacer lo que más le guste, siempre y cuando no olvide cuál es su sitio: siempre y cuando permanezca callado y se mantenga al margen. “¡gresca!” grita la novela. "¡Aquí llego!" El relato breve siempre anda ocultando la cabeza para cobijarse. La novela acapara el terreno, corta los árboles, levanta los bloques de pisos. El relato breve se escabulle entre el pasto, se cuela por debajo de la cerca.
Por supuesto que existen virtudes asociadas a lo pequeño. Incluso la novela lo reconocerá. Las cosas grandes tienden a ser inmanejables, pesadas, toscas; lo pequeño es el reino de la elegancia y de la gracia. Es incluso el reino de la perfección. La novela es exhaustiva por naturaleza; pero el mundo es inagotable; por lo tanto la novela, ese batallador de Fausto, nuca consigue alcanzar su deseo. Por contraste el relato breve es inherentemente selectivo. Al excluir prácticamente todo, puede dar una forma perfecta a lo que queda. Y el relato breve incluso revindica un tipo de compleción que la novela elude: tras el acto inicial de exclusión radical, puede incluirlo todo de lo poco que queda. La novela, cuando se acuerda del relato breve, se complace en ser generoso. “Te admiro”, dice, colocando su basta mano sobre el corazón. “En serio. Eres así –eres así-” ¡Tan bello! ¡tan sutil! ¡de tan alta categoría! E inteligente también. La novela difícilmente consigue contenerse. Al fin y al cabo ¿qué importancia tiene? No es más que palabrería. Lo que a la novela le importa es la inmensidad, es el poder. En el fondo de su corazón desprecia al relato breve, que se las compone con tan poco. No soporta la austeridad del relato breve, su inhibición del apetito, sus negaciones y renuncias. La novela quiere cosas. Quiere territorio. Quiere el mundo entero. La perfección es el consuelo de quienes no tienen nada más.
Ese es el valor del relato breve. Modesto en sus pretensiones, tímidamente orgulloso de sus pequeñas virtudes, algo inquieto con relación a su presuntuoso rival, se conforma con volver a sentarse y dejar que la novela se encargue del gran mundo. Sin embargo, sin embargo. La pose modesta –¿me equivoco, o es un poco exagerada? Esas miradas de soslayo- ¿contienen un toque de malicia? ¿Puede ser que el pequeño relato breve se atreva a tener sus propias ambiciones? Si es así, nunca las admitirá abiertamente, debido a un agudo instinto de autoprotección, un dilatado hábito de secretismo nacido de la opresión. En un mundo regido por las jactanciosas novelas, lo pequeño ha aprendido a abrirse paso con cautela. Tendremos que intuir su secreto. Imagino al relato breve protegiendo un deseo. Imagino al relato breve diciéndole a la novela: Puedes tenerlo todo –todo- lo que yo pido es un simple grano de arena. La novela, con un encogimiento de hombros despreocupado, en un gesto a la vez jovial y despectivo, concede el deseo.
Pero el grano de arena es la vía de escape del relato. El grano de arena es la salvación del relato. Sigo el ejemplo de William Blake: “Ver el mundo en un grano de arena”. Piensa en ello: el mundo en un grano de arena; lo que es igual que decir: cada parte del mundo, por pequeña que sea, contiene el mundo por entero. O por decirlo de otro modo: si concentras tu atención en una porción aparentemente insignificante del mundo, encontrarás, en las profundidades de su interior, nada menos que el propio mundo. En ese sencillo grano de arena yace la playa que contiene al grano de arena. En ese sencillo grano de arena yace el océano que rompe contra la playa, el barco que navega el océano, el sol que brilla sobre el barco, los vientos interestelares, una cucharilla en Kansas, la estructura del universo. Y ahí tienes la ambición del relato breve, la terrible ambición que subyace a su modestia fraudulenta: dar cuerpo al mundo entero. El relato breve cree en la transformación. Cree en los poderes ocultos. La novela prefiere las cosas a plena vista. No tiene paciencia con los granos de arena individualmente, que brillan pero son difíciles de ver. La novela quiere barrerlo todo con su poderoso abrazo: orillas, montañas, continentes. Pero nunca puede tener éxito, porque el mundo es más extenso que una novela. El mundo se escapa corriendo en cada punto. La novela salta sin descanso de un lugar a otro, siempre hambrienta, siempre insatisfecha, siempre temerosa de llegar a un final: porque cuando ella se pare, exhausta pero nunca en paz, el mundo se la habrá escapado. El relato breve se concentra en su grano de arena, en la creencia apasionada de que ahí -justo ahí, en la palma de su mano- yace el universo. Busca conocer ese grano de arena de la manera en que un enamorado busca conocer la cara de su amada. Espera el momento en que el grano de arena revele su verdadera naturaleza. En ese momento de expansión mística, cuando la flor macrocósmica rompe de la semilla microcósmica, el relato breve siente su poder. Se hace más grande que él mismo. Se hace más grande que la novela. Se hace tan grande como el universo. Ahí dentro yace la inmodestia del relato breve, su agresividad secreta. Su método es la revelación. Su pequeñez es la mediación de su poder. La poderosa masa de la novela se descubre como la imagen irrisoria de la debilidad. El relato breve se disculpa por nada. Se regocija en su brevedad. Quiere ser incluso más breve. Quiere ser una única palabra. Si pudiera encontrar esa palabra, si pudiera pronunciar esa sílaba, todo el universo reventaría con un bramido. Esta es la exorbitante ambición del relato breve, que es su fe más profunda, que es la grandeza de su pequeñez.
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martes, octubre 07, 2008
Breve listado de vocablos, conceptos y eufemismos atroces
Privacidad, apolítico, sentido común, vías de desarrollo, inversión, "expertise", pragmatismo, accionariado, bienestar, homilía, valoración, desplome, competitividad, democracia, "usabilidad", innovación, cónclave, concurso, verdad, eje, antisistema, emisión, sensatez, mando, cooptación, posicionamiento, publicidad, conservador, cultura de empresa, consumidor, ranking, banca, éxito, favor, gestión, endogamia, conectividad, emporio, gente, reserva, red de contactos, desfile, impago, inocencia, verde, trasnochado, joven radical, "hobby", promotor, auditoría, defensa, comercialización, regularización, deuda externa, ayudas, querella, realeza, asertividad, beneficio, aseguradora, préstamo, cooperante, fiscalizar, inyectar, liquidez, orden internacional, cambio climático, amenaza, (in)migración, requisito, imagen, energética, sínodo, miedo, moderación, pérdidas, rehabilitación, global, centro político, caridad, alianza, constitución, solidez, hispanidad, absorción y compensación, venta, tropa, Tíbet, cotización, fosa, multinacional, dios, plan de rescate...
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martes, septiembre 30, 2008
¿Un paso hacia las huelgas en toda Europa?
En la madrugada de ayer, los ministros de Trabajo de la UE aprobaron, por mayoría cualificada, el texto que da luz verde a la ampliación de la jornada de trabajo hasta un máximo de 65 horas semanales. La Comisión Europea lo ha considerado “un paso adelante para los trabajadores” y un refuerzo del papel del diálogo social. Esto, no sólo parece una tomadura de pelo, sino que lo es, y en toda regla.En caso de que el Parlamento Europeo dé el visto bueno a este acuerdo (que lo dará), cada Estado miembro podrá elevar el máximo vigente, desde las 48 horas actuales hasta las 60, para casos generales, y 65 para casos “especiales”, como son los trabajadores de la sanidad. Con esta directiva algunos Estados miembro buscan la vía para legalizar una situación ya existente en sus territorios, en los que ciertos colectivos trabajan por encime del límite semanal. De esta manera, con lo que será la nueva directiva (esto ya no es posible que se pare a nivel de la Unión Europea), dicho límite “oficial” seguirá siendo el de las 48 horas reconocidas hace 91 años por la OIT, mientras que, de forma individual, cada trabajador podrá pactar con el empresario, con el techo de 60 ó 65 horas, según el caso. Creo que no hay que explicar mucho sobre la aberración contra el derecho social que supone permitir que el trabajador negocie a solas con el empresario, renunciando a los logros conseguidos en materia legal gracias a la lucha colectiva de los trabajadores ¿Desde cuando el trabajador, en solitario, puede comparar su fuerza negociadora con la de un empresario? No es sólo un hecho alarmante, es un acuerdo que abre las puertas a otros posibles retrocesos en este campo. El trabajador ha sido siempre el tronco que alimentaba las calderas de la economía. Ante la escasez de troncos, ahora se nos pide que ardamos de una forma mucho más eficiente y duradera...
¿Esto es un avance? ¿Un paso adelante? En todo caso, y con suerte, un paso en el camino hacia el despertar de la conciencia de clase entre las masas adormecidas.
Por el momento, el gobierno español se ha opuesto a esta directiva; pero es sólo cuestión de tiempo verlo ceder ante las presiones de los empresarios.
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miércoles, septiembre 24, 2008
Contradicciones
Leía ayer, en El País, que la editorial Acantilado pondrá a la venta, a partir del 27 de septiembre, el libro Correspondencia, que recoge una selección de 387 entre las más de 10.000 cartas que el museo Tolstoi de Moscú conserva de este gran maestro de la literatura. Este volumen se suma, pues, a los otros dos publicados por la misma editorial (y misma traductora, Selma Ancira) como Diarios de Tolstoi.Hace tiempo, a propósito del libro Sobre la creación literaria (Fuentetaja) que recogía una acertada selección de cartas de Gustave Flaubert, no pude evitar plantearme ese dilema que, por un lado, me hace recelar de las intrusiones que a menudo hacemos en las parcelas personales de aquellos a quienes admiramos (quizá no todo lo que escribe un escritor debe ser publicado, sino sólo aquello que, al menos, superase su propio filtro); mientras que, por otra parte, despertaba en mí un interés magnífico hacia los posibles hallazgos y las ventajas personales de conocer y, quizá -con mucha suerte-, comprender el consciente y el subconsciente de un genio. Y todo ello, claro, como fuente de mi propio placer.
Hoy este dilema sigue siendo el mismo, aunque debiera reconocer que algo apaciguado. Racionalmente sigo considerando importante el simple hecho de que alguna vez nos detengamos a reconsiderar los aspectos menos prácticos de nuestros actos y más ligados a esos cimientos éticos e ideológicos sobre los que debiéramos apoyarnos (iba a decir “descansar”, que mamón es el subconsciente). Emocionalmente, sin embargo, deseo leer las cartas de Tolstoi.
Llevado a un punto algo más extremo, me consta que mucha gente decidiría que busco problemas donde no los hay, que no se hace mal a nadie con ello, menos aún cuando el autor lleva muchos años muerto. Quizá tengan razón, claro. Y me hablarían de las “ventajas” frente a los “inconvenientes” y aplicarían, como con todo, esa lógica imperante del beneficio humano, del estudio en aras del progreso, etc. Futuro, futuro..., progreso. Esa línea recta con una zanahoria al final, que es la muerte. Por suerte, creo, sin embargo me detengo en estos detalles. Quizá este hábito me haya hecho ganarme el apelativo de “Dr. No” ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo hacer comprender al otro? No son ganas de complicar las cosas, sino todo lo contrario. Son ganas de detenerme a contemplar y a tratar de comprender. Son ganas de destruir los aceleradores de partículas, de decir no en cada ocasión que se me quiera imponer otra velocidad que me obligue a la acción sin una extensa y placentera reflexión previa, sin dejar la casa barrida. En este sentido, quiero ver el mundo a la velocidad que lo ve una mosca. Quiero poder preguntarme si, en este caso, el autor deseaba guardar su intimidad en un cajón alejado del progreso. Quiero poder plantearme este dilema (como he dicho antes, algo más apaciguado) sin que suponga un atentado o un insulto a la “cultura”. Quiero poder decir esto y desear, con todo, leer las cartas de Tolstoi.
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lunes, septiembre 15, 2008
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miércoles, septiembre 10, 2008
A propósito de la película "Che, el Argentino"
Para entonces la figura del “Che” se había instalado en mi casa de forma permanente al menos como personaje histórico, a raíz, sobre todo, de una serie de artículos que mi abuelo escribiera en su día con motivo del asesinato del guerrillero. Mi abuelo ya entonces era corresponsal para América Latina del diario Pueblo, periódico en el que concurría lo que ha sido el cogollito de periodistas más o menos ilustre y laureado de los años ochenta y noventa. (En una de las últimas veces que mi abuelo me llevó a la redacción, por Navidad, época en la que él regresaba desde la otra orilla, fue cuando yo decidí que de mayor iba a ser periodista. Y luego resultó que no... En ese edificio de la calle Huertas había pasillos largos, ruido de teléfonos, un ascensor con puertas de reja y señores que me daban caramelos. Claro, confundí la realidad del periodismo...). Como digo, trasladado hasta Bolivia desde algún otro lugar del continente con la urgencia impuesta por la sed de noticias en primicia, varios artículos suyos ocuparon, día tras día, la portada del periódico bajo el título “Muerte y sepulcro del Che”. Esto fue en 1967, y yo aún no habia nacido. Aquellos artículos durmieron después durante varios años en una carpeta azul, junto con muchos otros, en el baúl de las-cosas-importantes-que-no-se-tiran-y-que-ya-tampoco-se-leen. Porque, siendo sincero, en mi casa lo importante no era el “Che”, sino mi abuelo y los méritos obtenidos por su labor periodística. De modo que, en gran medida, si se hablaba del “Che” era como de un actor secundario en la vida de mi abuelo. Desde entonces, aquel nombre, "Che" Guevara, y aquel final trágico sonaban como objeto periodístico de cuando en cuando en mi casa, en la de mis abuelos (cuando el abuelo ausente regresaba con aire de indiano, hasta que muriera en 1982), y en otros escenarios domésticos. Conversaciones de mayores que yo hacía como que no pero que sí escuchaba (“con este niño se puede hablar de todo, que no interrumpe ni luego dice nada por ahí”). En mi casa sonaba el nombre del "Che" siempre seguido del apellido Guevara. Siempre. Sonaba porque mi abuelo había escrito algo acerca de su muerte y eso era en sí mismo importante para mi familia. De modo que a veces se escuchaba: "Che" Guevara, y eso hacía que el nombre resultara tan familiar como el del tío Salvador o la abuela Anselma, a quienes tampoco había conocido. La familia se componía de algunos presentes y otros tantos ausentes, algo de lo que García Márquez no se hubiera extrañado.
En pocos años, lo que para mí aún era el misterio del “Che” y la Revolución había germinado en una curiosidad moderada. Antes de que aquellos artículos de mi abuelo cayeran en mis manos (tiempo después, como fruto de la casualidad, el aburrimiento y la curiosidad de un mes de agosto), de las respuestas imprecisas que recibí a mis preguntas de quién era el “Che” sólo me quede con “un guerrillero, hijo, un guerrillero”. Con esos ingredientes había nacido para mí un misterio rodeado de confusión. ¿Un guerrillero? ¿Qué era un guerrillero? ¿Era bueno o malo ser guerrillero? ¿Qué tenía que ver mi abuelo con un guerrillero? ¿Podía jugar a que yo era un guerrillero, o eso estaba mal?
La primera imagen que recuerdo haber visto del “Che”, sabiendo ya que se trataba del “Che” (la famosa fotografía de Alberto Korda no la asociaba aún con el personaje), fue la foto de su cadáver, un mes de agosto aburrido, a la hora de la siesta. Unos doce años tendría yo. Desde el campo entraba en el cuartillo de los trastos viejos el canto de las chicharras, el calor, la humedad. Había que retirar discos antiguos y tollas viejas para poder abrir el baúl. “Muerte y sepulcro del Che”, en letras rojas y grandes, y la foto de un hombre muerto, demacrado, que no me inspiraba miedo.
La lectura de aquellos artículos, casi incomprensibles aún, no fueron suficientes para satisfacer una curiosidad ya de cierto recorrido. Lo que leí acerca de él más tarde tampoco fue suficiente. Mal encauzado, llegué a conocer más detalles acerca de quién era el “Che” y lo que para el mundo representaba, como revolucionario, como loco incluso para algunos; pero mis sentimientos hacia él aún eran confusos, fruto todo de una mezcla de verdades y mentiras que se habían creado alrededor del mito, fruto también de una mezcla de verdades y mentiras que se habían creado alrededor del marxismo, del bloque soviético, del comunismo, de la Revolución Cubana. De hecho, no fue hasta que en un punto confluyeron esta curiosidad prematura, y un tanto pueril, con un conocimiento más profundo de lo “político” (para lo que fueron necesarios cinco años en la facultad de Ciencias Políticas y muchas lecturas, estudios y reflexiones posteriores), y un posicionamiento ideológico levantado no sólo desde el sentimiento, sino desde lo racional, que conocí más de cerca la biografía del “Che” y mi admiración por él llegó a lo que es hoy. De modo que, después de muchos años, los dos extremos se unieron y el círculo amoroso se cerró. Aquella curiosidad enigmática, nacida de una idea a medio camino entre el misterio y la casi familiaridad con el hombre (había estado allí desde el principio), se completó con el respeto y la admiración por el revolucionario.
Quizá por eso (por la ilusión de familiaridad, por la admiración y el respeto), muy por encima de las críticas que se pueden leer estos días a favor o en contra de la película “Che, el Argentino”, de las opiniones dirigidas acerca de su simbología de ayer y de hoy, a mí me ha emocionado hasta lo indescriptible ver en una pantalla de cine una película que es, por lo pronto, bastante fiel a “Pasajes de la guerra revolucionaria”, libro que escribiera el propio Ernesto Guevara a propósito del tiempo pasado en la Sierra Maestra. La interpretación de Benicio del Toro, por otro lado, resulta muy creíble, no ya por el parecido físico entre ambos, sino por haber interiorizado al “Che”. Hay detalles que se echan de menos, algo comprensible en el ejercicio de síntesis necesario para abarcar todo el período que va desde el primer encuentro entre el “Che” y Fidel, en México, hasta la batalla de Santa Clara.
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